A las, a los y a les estudiantes…

Todo es lo que parece

Por Igor Israel González Aguirre / @I_gonzaleza

Escribo esta columna a la mitad de un intenso y caluroso 23 de mayo. Como no quiero que se me pase esta fecha que para mí es crucial, aprovecho este espacio quincenal para reconocer a las y los estudiantes. A todas, a todos y a todes. Pero sobre todo a las personas con quienes he tenido la fortuna de compartir el aula. Si tan solo tuviera un sombrero a la mano para quitármelo… Es que, quizá no lo saben, pero han sido ustedes mis mejores maestros.

Todos los días —absolutamente todos— les aprendo mares, tanto en lo profesional como en lo personal. De verdad, no tengo con qué agradecerles lo que me han regalado en este trayecto que comenzó hace más de dos décadas. ¿Dos décadas? Diantres. Así es, dos décadas ya. Ahora que hago memoria recuerdo que impartí mi primer curso en forma allá por el lejano 1999, en la Universidad Autónoma de Baja California.

Entonces yo —estudiante también— era un crío recién incorporado a un programa de posgrado en aquellos parajes septentrionales. Así que la mayor parte de aquel —mi primer— grupo estaba compuesto por integrantes que tenían más o menos mi edad o, incluso, un par de años más. No fue una tarea fácil, debo confesarlo. Impartir aquella clase me produjo algunos desvelos y una que otra frustración. Pero también sé que ahí, frente al grupo, marcador para pintarrón en mano, descubrí lo mucho que me apasionaba el ejercicio de la docencia. Tanto que salvo un breve hiato entre 2003 y 2007 (en el que volví a ser estudiante) no he dejado de impartir clases prácticamente todos los días. Como quiera que sea, lo cierto es que el fuego que descubrí en aquel primer curso sigue vivo hasta ahora. Y procuro mantenerlo así…

Desde entonces me he esforzado por vincular mi labor docente con mi trabajo de investigación. De modo que en estas dos décadas he conversado con ustedes largo y tendido de tantos tópicos; y hemos construido conocimiento de manera colectiva a diestra y siniestra. Sobre todo a siniestra (es decir, abajo y a la izquierda). Dentro y fuera del aula.

Hemos hablado tanto de metodología como de ideología; hemos discutido sobre cine y música, acerca de política, sociología o metafísica. Durante estos años me han compartido sus experiencias, sus historias, sus vicisitudes y sus logros. Me han llenado de orgullo al comunicarme sus triunfos y nos hemos dolido juntes con sus derrotas. Me han escuchado con detenimiento (incluso en nuestras ya tradicionales sesiones de los lunes a las 8:00 de la madrugada; o en aquellas pesadas horas estivales después de la hora de la comida en las que el sopor era un lastre). Me han conducido por los laberínticos pasillos de lo que implica ser joven en una sociedad como la que nos ha tocado en turno y han puesto límites a mi heredada mirada adultocéntrica.

Hemos gritado al tomar las calles mientras protestamos por lo que creemos justo. Nos hemos reído de lo absurdo que suele ser lo que acontece y hasta nos hemos carcajeado de nosotras y de nosotros mismos. En más de una ocasión hemos llorado a gritos cuando la muerte nos ha quitado a algún compañero a destiempo e inexplicablemente… Nos hemos acompañado en este camino. Gracias por ello.

Pero nunca falta la piedrita en los frijoles. Dentro de todo esto hay algo que me preocupa porque me genera desasosiego e impotencia. Y se los quiero decir. A lo largo de los últimos años he visto cómo la dimensión violenta de la vida social ocupa un lugar cada vez más central en la constitución del ser joven, en el ámbito de sus vidas cotidianas.

En las conversaciones más recientes que hemos sostenido, invariablemente emerge como un tema esta sensación parecida al miedo: uno sabe que sale de su casa pero no tiene la certeza de que va a regresar. A estas alturas en México ser joven está asociado con el riesgo de desaparecer o de morir.

De Ayotzinapa para acá estamos en medio de una crisis humanitaria que oblitera el presente y aniquila sistemáticamente el futuro. Ante esto sé que a veces parece que la única salida es la desesperanza o el llanto. Hay ocasiones en que yo también me siento así. Pero no quiero terminar esta columna con un tinte sombrío. Más bien al contrario: aún en las situaciones más espinosas y opresivas, créanme, lo sé en verdad, en algún momento, algo tiene que salir bien. Ya no tanto debido a los adultos que ya lo estropeamos todo, sino gracias a ustedes, por lo que son hoy y por lo que van a ser mañana. Lo sé, porque como dijera Serrat: ustedes son aves que no se asustan de animal ni policía, y tampoco les asusta el ladrar de la jauría.

Y sin duda, lo sé, algunas cosas van a estar bien. Se los prometo. Al tiempo.

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Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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