Saquear la maternidad

Oxímoron

Por Andy Hernández Camacho coordinadora de La Mamá Cósmica

@andybrauni/@lamamacosmica

Hace ya casi tres años (y 9 meses más jeje) que me descubrí parte de un club en el que no sé si quiero estar…el de las madres. Y es que como dirían los apologistas de las instituciones sociales “ejercemos un rol fundamental para la sociedad” y afirman que: sola y exclusivamente sobre nuestros cuerpos cansados, que maternan reposa el futuro. ¡La audacia, ¿no?! Este designio (por no llamarle mandato) se nos recuerda todos los días, la sociedad, los medios, el Estado y un sistema heteropatriarcal enumeran nuestras cualidades y definen nuestro lugar en el mundo.

Así como un día me hice hija otro día me hice madre. Y hoy casi 3 años después aún me parece extraño presentarme como la madre de… Pero lo que me deja completamente atónita es que efectivamente sean casi todas madres las que habitan la sala de espera de los consultorios, las que se sientan enfrente de mí durante las reuniones semestrales en el bachillerato para escuchar del desempeño de sus hijes y también las que confabulan en grupos de Whatsapp para el regalo de lxs mestrxs para el fin de curso.

La realidad es que una puede mantener una fe ciega en un supuesto igualitarismo hasta que te encuentras con una personita en brazos que pronto te llamará mamá. Porque entonces, sin dejar de lado los cambios en las paternidades, ni ciertas voluntades aisladas de hacer las cosas más justas, es la inercia del mundo la que te pone en tu lugar, la que te coloca del otro lado del teléfono cuando toca llamar a la pediatra, del otro lado de la mesa de la maestra, del otro lado del mercado laboral, el lado que casi te deja fuera, como nos recuerdan las estadísticas. Y es que la inercia del mundo es patriarcal, trasciende las negociaciones familiares y casi cualquier intento de coresponsabilidad, se impone desde los imaginarios colectivos y el desquiciado mundo del empleo remunerado. Vengo de un linaje de mujeres fuertes, pero también entregadas. Mujeres que lo dieron todo, educadas en el sacrificio, maestras en priorizar las necesidades de sus hijas e hijos y de cualquier persona antes que ellas. Y gracias a ellas estoy aquí.

Ojo que eso no implica que yo defienda la entrega materna como un don esencialista o un instinto innegable y menos aún el sacrificio. Pero a veces me cuestiono ¿qué pasaría si desplazar el yo del centro fuera un valor colectivo? Y si desterráramos nuestras necesidades del epicentro del universo, revolucionáramos las prioridades, y si tumbamos el egocentrismo que alimenta y sustenta a un sistema capitalista que nos quiere siempre centrados en lo nuestro, en nuestras inseguridades, que disfraza nuestros deseos en urgencias, y los pone por encima de los derechos de los demás. Acaso es una utopía redistribuir los cuidados, ya no entre las madres y los padres, sino entre la sociedad..toda, colectivizar la renuncia al egoísmo, desindividualizar nuestros afectos y estar ahí para las niñas y los niños…todes.

El capitalismo se apropia de todo, nos saquea el amor, los conceptos, los valores y hasta el mismo deseo. Nos expropia la “austeridad”, esa única esperanza del planeta, para convertirla en un mecanismo de transferencia de riqueza de abajo hacia arriba. Convirtió el tiempo libre de manera peyorativa en ocio. Y comercia con la maternidad un día al año, pero la verdad también el resto del año. Nos quiere educando seres narcisistas al margen de la propia abnegación y premiando a nuestras madres por su abnegación con flores y tarjetas de mensajes genéricos y carentes de sentido. Ahí no hay lugar para quejas y cansancios, al fin hay mil productos en el mercado para acallar esa frustración ilegítima de las madres…

A este sistema regido por la productividad y el utilitarismo hay que disputarle hasta el amor materno, ese querer complejo y existencial que resignifica hasta los miedos. Y es que ser madre es una explosión de sentido, un ecosistema de emociones cambiantes, algo que desde luego no cabe en esta columna ni puede ser capturado en un anuncio publicitario, no importa el producto.

El amor que experimentamos por esas personas pequeñas que reinventan la vida cada año, que algún día serán más grandes que tú y que yo, cuyos problemas desbordarán los nuestros. Estas personitas que sentirán sobre sus espaldas la responsabilidad del mundo, que quizás se hundirán bajo ella, que quizás lo hará mejor que nosotrxs. Precisamente a habitar ese afecto incomprensible es que está renunciando gran parte de esta sociedad adultocentrista, y no porque las personas no quieran tener hijes, sino por querer tratar cada vez menos con la niñez, por obviar su existencia a menos que sean lxs propixs, por no entender que las niñas y niños más allá de les hijes de sus madres y padres, son les hijes de una sociedad, de un tiempo, de una generación, de una tribu…

A medida que entendamos el papel de cada persona en la crianza y los cuidados, podremos dejar de cargar con el peso del futuro para comenzar a compartir el presente.

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Oxímoron
Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicóloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Actualmente, reflexionando en tribu sobre maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados a través del proyecto La Mamá Cósmica. También es maestrante en gestión y desarrollo social.

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