De mariposas y aleteos

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @TurcoViejo

«El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Este proverbio chino es el fundamento del llamado Efecto Mariposa que, en términos muy simples y generales, trata de explicar cómo un suceso insignificante que ocurre en un lugar puede desencadenar acontecimientos de consecuencias exponencialmente mayores. El ejemplo más socorrido suele afirmar que el aleteo de un insecto en Hong Kong puede desatar una tempestad en Nueva York.

En los últimos días hemos podido presenciar cómo los acontecimientos que sacuden al país están provocando situaciones cuyas consecuencias finales difícilmente podemos apreciar ahora. Pero, contrario a lo que ocurre con el Efecto Mariposa, estos acontecimientos no son insignificantes, ni menores.

El asesinato de dos jesuitas y un guía de turistas en la sierra Tarahumara sacude el viento y para cuando llega a palacio nacional aquello ya es un huracán. El viento llega hasta la capital cargado de la indignación de la jerarquía católica, que reclama un cambio de estrategia en materia de seguridad y combate al crimen. El presidente, incapaz de recibir crítica alguna, acusa a los curas de hipócritas, pero como ya se salió de su zona de control, se echa encima hasta a la comunidad judía por unas declaraciones que quiso hacer pasar como chistosas y que le salieron por la culata. Sordo a cualquier argumento, se mantiene en su ¿estrategia? y, como no queriendo la cosa, manda otro mensaje para reiterar su fijación marcial: nombra al vicealmirante Carlos Velázquez Tiscareño como nuevo director del Aeropuerto Internacional de Ciudad de México. La militarización avanza.

Pero los vientos que comenzaron en Chihuahua no sólo llegaron hasta la capital. También llegaron a Guadalajara, donde el arzobispo Francisco Robles alzó la voz para señalar que en el norte del estado se vive un clima de inseguridad que incluye retenes a cargo del crimen organizado. Enrique Alfaro brinca, sale a negar la crisis, pero al mismo tiempo se va de hocico y ¿presume? que desde la Secretaría de Seguridad prestaron un helicóptero para evacuar a unos estudiantes debido, vaya cosa, a la inseguridad. El viento crece y se la historia se le sale de control: Jalisco se vuelve nota nacional por los dichos del gobernador y los testimonios de los jóvenes.

Como el gobernador vive en un mundo de caramelo, decide poner manos a la obra: el jueves se va de gira al norte del estado “a entregar obras”. No lo dice explícitamente, pero el mensaje de fondo es claro: va a demostrar que todo está en orden por aquellos lares. Pretende construir un relato pero se olvida que los habitantes de las comunidades wirraritari no cuentan con escoltas, ni camionetas blindadas, ni comitivas de seguridad.

Pero a Enrique Alfaro siempre hay algo que le sale mal: al tiempo que sus redes sociales se rodean de imágenes optimistas, comienza a circular un video donde presuntos integrantes del cártel hacen un llamado a los integrantes de otros cárteles para que respeten a los curas y dejen los pleitos nomás entre ellos. Queda demostrado una vez más que el vacío que deja un Estado fallido siempre es llenado por un orden paralegal.

En Zapopan no aletean los insectos: el viento es provocado por los árboles que caen. Y es que en la llamada ciudad de las niñas y los niños es más barato ir al Oxxo que tirar un árbol. Así quedó demostrado en estos días, cuando se dio a conocer que el fraccionamiento Los Robles recibió la autorización de talar 70 árboles de La Primavera para ampliar su proyecto inmobiliario y el permiso sólo les costó 23,590 pesos, esto es, 337 pesos por árbol. Una ganga. Como ocurre con el bosque del Nixticuil, una vez más se comprueba que el compromiso ambiental del gobierno —el zapopano ahora, pero en realidad hablamos de cualquier gobierno— para lo único que sirve es para mojar los micrófonos con saliva. En la práctica, lo único que sigue importando es el dinero, aun a costa de las consecuencias que ya no tardamos en pagar y que serán infinitamente más dañinas que los beneficios que pueda traer el mal llamado “desarrollo inmobiliario”. La visión de corto, cortísimo plazo convertida en política pública.

Pero Guadalajara no canta mal las rancheras. Mientras en La Primavera se paga una bicoca por talar árboles, en el municipio a cargo de Pablo Lemus la promoción es sin costo. Como ya ocurrió con el parque Resistencia Huentitán, ahora los vecinos del parque San Rafael han alzado la voz para defender su parque y denunciar la tala de árboles en aquella área verde. Mientras la delincuencia campea en la zona metropolitana —por más que el gobernador insista en repetir que es un problema de percepción nomás— las autoridades prefieren enviar policías municipales, estatales y hasta militares a resguardar los trabajos o a amedrentar a los vecinos, o ambas cosas. De nueva cuenta, las consecuencias del poco interés por resguardar un espacio arbolado las pagaremos en un futuro cada vez menos lejano.

Y así transcurren los días en el país, el estado y la ciudad, con el viento que producen los aleteos de unos acontecimientos cuyas consecuencias crecen exponencialmente. Y más temprano que tarde vamos a pagar.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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