Contra el estigma

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La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Araceli Salcedo nació en Chihuahua, quizá por eso su voz es fuerte. Ha vivido en Veracruz, y probablemente por eso habla directo y sin rodeos. Hace 30 años, cuenta, dio a luz “a una niña china como un borreguito, gordita, con muchos sueños”. La niña-borreguita se llama Fernanda Rubí, y Araceli Salcedo no sabe de ella desde el 7 de septiembre de 2012, fecha en que desapareció. Desde ese día, Araceli Saucedo ya no es de Chihuahua, tampoco de Veracruz: recorre el país con una foto de su hija, una foto que tiene detenida en el tiempo a Rubí: en ella tiene 21 años, pero en estos días la joven acaba de cumplir 31. “Han sido diez años en los que Rubí ha estado lejos de su familia; diez años llenos de omisiones; diez años arrebatados”, dice Araceli, quien explica cómo durante el tiempo que ha pasado buscando a Rubí ha enfrentado la deshumanización: en primer lugar, de los delincuentes que se llevaron a su hija; después, de las autoridades indolentes y, además, de una sociedad que estigmatiza a las personas desaparecidas y a sus familiares.

Martha Leticia García Cruz tuvo sólo un hijo: César Ulises. En 2017 el joven, de 19 años y quien buscaba estudiar dos licenciaturas, salió de su casa con rumbo a Ocotlán para trabajar en una granja. Fue la última vez que su madre tuvo noticia de él. Cuando la investigación avanzó un poco —un demasiado poco—, un día le dijeron algo así como “señora, ¿ya vio con quién se estaba juntando su hijo? Es el hijo del patrón”. Esas palabras la sacudieron tanto que, relata con la voz quebrada, fue al cuarto de su hijo a buscar en cada bolsillo, cajón, caja y rincón algún indicio de que su hijo “en algo andaba”. No encontró nada. Le pidió perdón a su hijo por haber dudado de él por la presión de los agentes.

Leticia Vázquez dejó de saber de su hija, Érika Cueto, en noviembre de 2014. Es tajante cuando afirma que su hija “no se fue con el novio, no andaba en algo, no vestía provocativa”, tres de las frases favoritas de las autoridades cuando las personas acuden a presentar una denuncia por desaparición. En un país con más de 100 mil desaparecidos con denuncia, Leticia Vázquez aclara algo que debería ser obvio, pero no lo es: su hija no es un número: es “una hija, tía, hermana, amiga cariñosa” a quien alguien le truncó sus sueños y, de paso, cambió la vida de toda su familia.

Esperanza Chávez no busca a su hijo, tampoco a su hija. Ella busca a Miguel Ángel, su hermano, que fue visto por última vez en López Mateos y avenida México, a plena luz del día y a unas cuadras de Casa Jalisco, que se supone es la cuadra más segura del estado —muy segura no ha de ser: ya hubo un feminicidio en la puerta—. Como Araceli, como Martha, como Leticia, también Esperanza señala que, después del dolor que acompaña a una desaparición, una de las cosas que más lastima es el estigma social. “A los desaparecidos se les juzga y se les culpa de sus propias desapariciones”, y además los juicios y las culpas se extienden a sus familias. Pero ella —como Araceli, como Martha, como Leticia y como las miles de madres, tías, abuelas, hermanas y familiares de los más de cien mil desaparecidos que hay en el país— sabe que “no son lo que se dice de ellos, ni nosotros somos apestadas; no existe estigma que nos detenga, porque sabemos quiénes son los nuestros y sabemos quiénes somos nosotras”.

Mensajes colocados en las sillas durante la presentación de “Nadie merece desaparecer” (Foto: Édgar Velasco).

El documento Nadie merece desaparecer, coordinado por Concepción Sánchez y publicado por el Centro Universitario por la Dignidad y la Justicia del ITESO con apoyo de la Agencia Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos (USAID, por sus siglas en inglés), recuerda que “la palabra estigma procede de la Grecia antigua. Los estigmas eran las marcas visibles, hechas con hierros candentes, que distinguían a determinadas personas y que hacían evidente su situación de esclavitud o de infamia”. La Grecia antigua no existe más y ahora las marcas son otras: hechas con el hierro candente de una crisis de seguridad que se alimenta de la indolencia y la omisión de las autoridades. 

El diagnóstico pone el foco sobre un asunto sobre el que poco se habla pero que ahí está y acompaña a las personas que buscan a sus seres queridos a donde quiera que van: el estigma social, ese que las autoridades alimentan con frases como “seguro en algo andaba”, “pues qué hacía en la calle tan noche”, “seguro se fue con el novio, luego regresa” y tantas y tantas frases que no sólo aumentan la apatía de los ministerios públicos y son usadas como pretexto para no buscar a las personas, sino que permean en la sociedad y alimentan la falsa idea que hay personas que merecen desparecer y que, mientras uno se porte bien, nada malo le va a pasar.  

Sin embargo, los testimonios recopilados en el diagnóstico demuestran que esto no es así: en la mayoría de los casos se trata de personas que hacían su vida normal, como todas, como todos. Y aquí vale la pena traer a colación algo que ha dicho Martha Leticia García, la mamá de César Ulises: “Nadie merece desaparecer. Si una persona hizo algo ilegal, entonces debe ser juzgado por las autoridades correspondientes, pero nadie merece desaparecer”. Lo que dice Martha es relevante porque muchas veces, por temor a ser juzgadas o que las autoridades tomen la información como pretexto para no investigar, las personas que presentan denuncias por desaparición omiten detalles relevantes que podrían derivar en una línea de investigación.

Nadie merece desaparecer abre con un contexto general de la desaparición en México, fenómeno que comenzó a registrarse en finales de los años sesenta y principios de los setenta, en el periodo conocido como Guerra Sucia, y que desde que comenzó la mal llamada guerra contra el narcotráfico no ha hecho sino empeorar, al grado de que el número de desaparecidos en el país ya supera el de todas las dictaduras del continente, aun cuando en México vivimos, queremos creer, en democracia.

Armado a partir de testimonios y entrevistas a personas que buscan a sus familiares, presenta un panorama detallado de las situaciones que atraviesan las familias desde que acuden a presentar la denuncia, y ofrece un muy buen análisis de lo que son los estigmas sociales, cómo se perpetúan y la función que juegan en el contexto de la desaparición de personas. Cuando alguien desaparece, los estigmas arrasan con la persona desaparecida, sus familias, se pone en juicio la capacidad de las personas —por ejemplo, el papel de las madres como cuidadoras— y se extiende, incluso, hasta las infancias. 

¿Por qué es importante que cada uno de nosotros reflexionemos los prejuicios que tenemos frente al tema de la desaparición de personas y, en general, frente a la crisis de violencia e inseguridad que aqueja al país? Araceli Salcedo, la mamá de la niña borreguita, quien recorre el país siendo la voz de Rubí y de tantos desaparecidos, lo explica así: “El único camino que tenemos es la unidad, la acción fraterna. Hoy más que nunca estamos llamados a la unidad para tener la paz que tanto nos deben y que tanto merecemos. Debemos unirnos como sociedad civil para que lo que me pasó a mí no le pase a nadie más. No se esperen a estar en la situación que yo he vivido”.

Porque, contrario a lo que la narrativa oficial insiste en hacernos creer, nadie merece desaparecer. Y mucho menos ser estigmatizado por ello.

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* Las citas de Araceli Salcedo fueron tomadas de su participación, el 22 de agosto, en el Foro Magis organizado por el ITESO como parte de la Jornada Universitaria por la Paz con Justicia.

* Las citas de Martha Leticia García, Esperanza Chávez y Leticia Vázquez fueron recogidas el 24 de agosto durante la presentación del diagnóstico Nadie merece desaparecer.

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En este enlace pueden descargar el documento Nadie merece desaparecer:

https://bit.ly/DiagnosticoEstigmatizacionITESO

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