Del humor

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @turcoviejo

La semana pasada, durante el homenaje en el que José Trinidad Camacho, Trino, recibió La Catrina como reconocimiento a su trayectoria, el humorista Andrés Bustamante, El Güiri Güiri, cerró su intervención con una cita de Jorge Ibargüengoitia que estuvo sacada de contexto. Y como ya llegué a esa edad, quiero empezar la entrega de esta semana poniendo en contexto la cita porque, además, me ha traído dando vueltas la cabeza sobre el lugar común que busca encasillar a Ibargüengoitia como un escritor “de humor”, pero también me ha puesto a pensar, sobre cada tanto, sobre eso que llamamos humor y la función que éste juega en tiempos tan aciagos como los que nos ha tocado vivir.

Primero, lo primero: la cita de Ibargüengoitia. En su discurso, Bustamante señala que Ibargüengoitia:

”intentando autodefinirse decía que él escribía lo que escribía y eso era lo que podía hacer; que si la gente pensaba que era ingenioso, es porque era ingenioso; que si pensaban que era arbitrario, es porque era arbitrario, y que si pensaban que era humorístico, es porque él así veía las cosas. Y finalizaba diciendo que si crees todo lo que él dijo, eres muy cándido; si crees que todo lo que dijo era broma, eras muy imbécil”.

La cita con la que se hizo bolas El Güiri Güiri tiene una historia ibargüengoitiana, como no podía ser de otra manera: En los años sesenta, el escritor guanajuatense escribía crítica de teatro en la Revista de la Universidad. En junio de 1964 apareció en sus páginas un texto en el que Ibargüengoitia destrozó una puesta en escena de una obra de Alfonso Reyes. Al parecer, a alguien dentro de la publicación no le pareció el texto porque Reyes —¡oh, Reyes!— quedaba muy mal parado, así que le pidieron a Carlos Monsiváis una crítica a la crítica, que se publicó en el mismo número.

A Ibargüengoitia no le hizo gracia la decisión, por lo que decidió abandonar la crítica teatral y también dejar la Revista de la Universidad con un texto que apareció en el siguiente número, publicado en julio de ese año. El texto abre dejando claras las cosas: «Escribo este artículo nomás para que nodigan que me retiré de la crítica porque Monsiváis me puso como Dios al perico o porque me corrieron de aquí por mal crítico. No me voy ni arrepentido, ni cesante, ni, mucho menos, a leer las obras completas de Alfonso Reyes». Y luego viene la cita con la que, repito, se hizo bolas Bustamante. Escribe Ibargüengoitia:

«Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir. Si son ingeniosos es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario, y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud, ni defecto, sino peculiaridad. Ni modo. Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido, y quien creyó que todo fue broma, es un imbécil».

Vamos, que Ibargüengoitia no estaba “intentando autodefinirse”: estaba mandando a la chingada a Monsiváis al tiempo que lo llamaba cándido imbécil.

La frase que está a la mitad de la cita se lleva también de calle el lugar común es que trata de encajonar a Ibargüengoitia como un “escritor de humor”. Aclaro por obvio: la obra de Ibargüengoitia es divertidísima, lo sabemos. Sin embargo, me parece—y también aclaro por obvio que es una mera especulación— que él mismo no estaba cómodo con el asunto de que se le encajonara como un humorista. Así parece hacerlo notar en “Humorista: agítese antes de usar”. O al menos eso me hace pensar cuando apunta «La labor del humorista—eso soy yo, según parece ». Como que no se nota muy convencido, aunque es todavía más claro cuando en una breve entrevista a propósito de la obtención del Premio México por Estas ruinas que ves, dijo:

«Yo lo que quiero es dar una impresión de lo que yo estoy viviendo, ¿no? Vaya, quiero describir el mundo como yo lo veo. Es lo que me interesa. Hacer reír o no hacer reír a la gente, me importa un bledo realmente. Si se produce la risa, bueno; si no, ni modo».

En otro texto apuntaría que el humor, «como el daltonismo, es algo que afecta permanentemente la visión del individuo, no unas gafas que uno se quita y se pone a voluntad».

Quizás estoy llevando la chaqueta mental demasiado lejos, pero creo que con Ibargüengoitia y con el humor se comete el mismo error que se comete con la lectura y la literatura: concederles superpoderes que de entrada les son ajenos. Ibargüengoitia es un escritor cuya obra es divertidísima, claro que sí, pero no porque buscara serlo, sino porque logra que los lectores conecten con esa manera de mirar el mundo,no porque su objetivo fuera ser un humorista o un “escritor de humor”, como muchas veces se hace creer.

Y sobre el humor, él identifica dos maneras de entenderlo: la primera, la retomo con la cita que dejé inconclusa líneas arriba. Dice:

«La labor del humorista —eso soy yo, según parece—, me dicen, es como la de la avispa —siendo el público la vaca— y consiste en aguijonear al público y provocarle una indignación, hasta que se vea obligado a salir de la pasividad en que vive y exigir sus derechos».

En cambio, él dice estar de acuerdo con quien afirma que «el sentido del humor es una concha, una defensa que nos permite percibir ciertas cosas horribles que no podemos remediar, sin necesidad de deformarlas ni de morirnos de rabia impotente».

En los tiempos que corren, bien vale la pena tomar una postura respecto del humor y lo que esperamos de él. Para empezar, habría que dejar en claro desde donde lo vamos a abordar: si desde los que lloriquean porque “ya no se puede hacer chistes de nada” y se esconden detrás de una falsa idea de libertad de expresión para deslindarse de lo que dicen; si desde una posición de poder, que es como se ha entendido mucho tiempo, usando el “humor” para sobajar, humillar y hacer escarnio de quien no tiene herramientas o espacios para replicar; si desde la autocrítica que te lleva preguntarte “ah, no mames, ¿por qué me estoy riendo de esto?” y asumir que sí, que a veces somos culeros y hay cosas de las que nos vamos a reír aunque a lo mejor no está bien que así sea. Hacerse cargo de lo que uno dice y, en este caso, de las cosas de las que uno se ríe implica también aceptar y asumir que a veces, muchas veces, podemos ser muy miserables.

En tiempos de eufemismos y de la búsqueda permanente de lo políticamente correcto, cierro esta perorata inconexa con un texto que tengo siempre presente, algo que escribió José Ignacio Solórzano, Jis, a propósito del humor. Es un texto que apareció hace años, después del ataque a la revista francesa Charlie Hebdo (les debo el link porque Milenio lo eliminó de su sitio web). Jis escribe:

«Una de las zonas fundamentales del trabajo humorístico es el lado oscuro del hombre. Y para meternos al lado oscuro no podemos andar de puntitas, diciendo cosas amables, evitando lastimar sensibilidades. No, es materia espesa y hay que entrarle sin compasión ni piedad. No nos hagamos pendejos: hay verdades que sólo salen después de verdaderas cirugías. Hay que sacar el corazón sangrante para darle unas buenas cachetadas».

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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