El verano no volvería a ser igual…

La vida de Diego cambió. Todo inició en marzo del 2018, fecha en que perdió a su mamá, esto debido a que no pudo recibir ayuda a tiempos, debido a la poca información que existe en torno al diagnóstico y tratamiento de la salud mental.

Texto e ilustración por Sofia Villarreal / @soffyvill

Diego visitó a un psicólogo por primera vez cuando tenía 7 años, lo mandaron de su escuela porque no prestaba atención suficiente. Sólo asistió seis semanas y lo dejó pasar. 

En secundaria podía notar que algo estaba mal, se sentía insuficiente y le costaba acercarse a los demás, los vínculos que llegó a lograr fueron gracias a las personas que se acercaron a conocerlo. Con el tiempo intentó guardar su inseguridad e intentó reprimir todo su sentir, aún así, no podía descansar.

A los 19 años se fue a vivir con sus primos para experimentar, nunca imaginó que un año después se iría su mamá. Los martes y jueves la visitaba sin falta, ya sea para comer o platicar. Esas visitas terminarían pronto y sin avisar. 

Un domingo de marzo del 2018 perdió a su madre, se fue con los días fríos del invierno. Diego seguiría en primavera sin días cálidos, ni arcoíris, atrapado en aquel cielo gris sin fin. El jueves anterior a su muerte, la visitó como era habitual, pero no notó nada fuera de lo normal. 

Por la mañana de aquel domingo de marzo, Diego realizaría un examen. Recibió un mensaje de su mamá deseándole suerte y pasó por su mente hacerle una llamada, pero por cosas del destino no lo hizo. 

Al salir, su padre lo invitó a comer junto con su hermana, Andrea. En punto de las 8 de la noche llegaron a su hogar. Al abrir la puerta Andrea gritó con un profundo dolor y su voz se quebró: “Mamá”. 

Al escuchar Diego corrió y se encontró a su madre, al verla se quedo atónito, sin mover un dedo o decir una palabra. En su cuerpo recorrió una extraña sensación, al ver a su madre con una extensión eléctrica en su cuello sosteniendo su cuerpo.

Segundos después reaccionó y se dirigió hacia ella, el llanto surgió y la desesperación lo invadió, se dirigió a la cocina y buscó un cuchillo afilado para cortar la extensión. Al bajarla y acostarla lentamente se dio cuenta que no había vuelta atrás, sentía escalofríos, se le dificultaba respirar, su corazón latía con fuerza y su llanto era tenaz, no estaba en la realidad, le estaba dando un ataque de ansiedad.

Su papá se encargó de la situación, llamó a emergencias para reportar lo que acababa de marcar su vida y que no iba a poder borrar. Llegaron los policías municipales y elementos de ciencias forenses. Diego no puede recordar más, sólo la imagen de una profunda soledad en su mamá.

Las muertes por lesiones auto infligidas se concentraron en el grupo de 30 a 59 años con el 46% en 2018, esta situación ocurrió en 2 de cada 100 mil mujeres (INEGI).

En el 2019, un año después de la muerte de su madre, Diego y Andrea presentaban señales de depresión que se debían de tratar.

Andrea fue internada en una clínica de salud mental, Diego no imaginó que en el año siguiente él estaría en su lugar y con una serie de diagnósticos que no podía dimensionar. Le diagnosticaron Distimia (tipo de depresión leve, pero constante), Trastorno Obsesivo Compulsivo, ansiedad y rasgos del Trastorno Límite de la Personalidad.

En México, la depresión ocupa el primer lugar de discapacidad para las mujeres y el noveno para los hombres. Además, se estima que 9.2% de la población ha sufrido depresión, y que una de cada cinco personas sufrirá́ depresión antes de los 75 años; además la Organización Mundial de la Salud (OMS) considera que adolescentes y jóvenes presentan tasas mayores, pues uno de cada siete padece algún problema de salud mental.

Diego pidió ayuda por el miedo que sentía de que le pasara lo mismo que a su mamá, al estar en ese lugar contaba cada día con una libreta. No tenía acceso al celular, ni a ver las noticias por la televisión, sólo podría escuchar música, siempre y cuando los demás estuvieran de acuerdo, sentía que no tenía privacidad.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, anotaba al terminar cada día. Al notar que se aproximaba el día 42, pidió a su psiquiatra el alta, era un número importante, pues era la edad que tenía su mamá cuando murió. 

En las sesiones que ha tenido tanto Diego como su hermana, los psicólogos y psiquíatras deducen que su madre pudo haber desarrollado el trastorno de bipolaridad tipo 2. 

Aunque hay tratamientos conocidos y eficaces contra las enfermedades mentales, más del 75% de las personas afectadas en los países de ingresos bajos y medianos no recibe tratamiento alguno, precisa la OMS.

Entre los obstáculos a una atención eficaz se encuentran la falta de recursos y de proveedores de atención de salud capacitados, además de la estigmatización asociada a los trastornos mentales. 

“Sería tal vez un poco optimista decir que ya superé la muerte de mi mamá, pero creo que mas bien aprendes a vivir con ello”, explicó Diego. 

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

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