Ciudad Bolardo

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La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Un día, de pronto, aparecieron. No sé dónde se instaló el primer grupo, pero ahora es imposible no verlos: están por todas partes, sobre todo en las esquinas, y tienen patente de corso. No importa que, al final, la rehabilitación de la esquina o de la banqueta sea una estafa porque está mal hecha o incompleta: una vez concluidos los trabajos habrán aparecido dos, tres, cuatro bolardos.

Si antaño Guadalajara —y por extensión los municipios conurbados— era conocida como “La ciudad de las rosas”, ahora bien puede ser apodada Ciudad Bolardo: las flores han ido desapareciendo y su lugar ahora es ocupado por esos armatostes que, aparentemente inamovibles, se supone que resguardan la seguridad de las esquinas. Digo aparentemente inamovibles porque, si se observa con atención, es fácil ver que muchos ya están doblados, amellados o incluso rotos. Un ejemplo particular se puede ver en la esquina de Chapultepec y Mexicaltzingo, en donde al parecer un tráiler o un camión o vaya usted a saber qué vehículo le dio un llegue a la hilera de bolardos y los dejó ladeados uniformemente, como si estuvieran ejecutando una coreografía que quedó suspendida en el tiempo. 

Una búsqueda simple en Google de los términos “bolardo” y “Guadalajara” permite saber que uno de los principales proveedores de los armatostes es la empresa BKT. Y empieza la función: resulta que BKT es también la empresa que se encarga de operar el sistema Mi Bici.

(Hago un paréntesis: ¿Han oído hablar de la teoría de los seis grados de separación? Grosso modo, dice así: entre una persona y cualquier otra persona del mundo hay seis grados de separación, es decir, no importa a quién quiera usted conocer: basta preguntarle como mucho a seis personas, pueden ser menos, para entrar en contacto. Está científicamente comprobado. O algo así. Cierro el paréntesis.)

Les decía: BKT es la empresa encargada de operar Mi Bici y ni siquiera hay que avanzar más de dos grados para caer en cuenta de que los socios de BKT están relacionados con los tres chiflados de la comunicación digital de Enrique Alfaro: Euzen IndatCom y La Covacha. Al final, se sabe, todo queda en familia, incluido el dinero del erario.

Pero no quiero hablar del negociazo que están haciendo con la instalación de los bolardos, tampoco de su inutilidad, su pésima instalación o su falta de mantenimiento. En realidad lo que me tiene aquí tecleando sobre la plaga de postes es que esta semana supe de dos historias que involucran autos, bolardos y agentes de vialidad.

Dice más o menos así: en dos hechos diferentes, en dos puntos diferentes de la ciudad y por razones completamente distintas, dos autos terminan impactándose contra dos bolardos, esos sí completamente iguales. Todavía recuperándose del golpe, las personas que iban conduciendo sus autos ven lo que nadie quiere ver en esos casos: la llegada del agente de vialidad. Entonces ocurre más o menos el mismo diálogo en ambos casos

—Híjole, es que le pegó al bolardo. El vehículo se va a tener que ir al corralón

—¡Cómo al corralón? Pero si ni le pasó nada.

—Es que es daño a la infraestructura y pues sí se va a aventar unas semanas en el corralón en lo que se deslindan responsabilidades y se evalúan los daños.

Lo que sigue, casi todos se lo saben: 

—¿Y qué podemos hacer?

—No, pues usted dígame. ¿Qué quiere hacer para ahorrarse las semanas del corralón?

—Dígame cómo le hacemos.

—No, pues usted dígame. 

En el primero de los casos, donde sólo hubo un automóvil involucrado, el agente de vialidad pidió 2 mil pesos de mordida; en el segundo, el agente pidió 1,500 por cada uno de los autos involucrados, es decir, terminó embolsándose 3 mil pesos.

Así, al desgobierno que impera en la zona metropolitana, del que escribía la semana pasada, hay que sumar también estas otras historias en las que, además de beneficiar a las mismas empresas consentidas del gobernador, los bolardos están siendo utilizados como instrumentos para extorsionar a personas que, además del choque, tienen que escoger entre dar mordida o ver cómo se llevan su auto al corralón de donde tendrán que recogerlo suplicando al cielo que no lo hayan desmantelado. 

¿Ustedes conocen alguna otra historia de terror de Ciudad Bolardo? ¿Me la cuentan?

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