De Honduras a Guadalajara: la búsqueda de un nuevo comienzo

María y sus dos hijos, Julio y Héctor, dejaron su país para huir de la inseguridad y obtener una mejor calidad de vida en el territorio mexicano. Sus nombres fueron cambiados para proteger su seguridad

Pese a la falta de políticas públicas que apoyen a personas en contexto de movilidad y su integración, organizaciones ciudadanas de Guadalajara, Jalisco, impulsan iniciativas para dar acompañamiento y garantizar los derechos humanos de mujeres, niñas, niños y adolescentes que llegan o atraviesan la ciudad

Por Aletse Torres / @aletse1799 y José Toral /@jcrtoral

A principios de noviembre de 2022, Julio, de cinco años, y su hermano Héctor, de tres, salieron de su país, Honduras, junto con su mamá, María. Dejaron su hogar, a sus familiares, sus juguetes y todo lo que, a su corta edad, habían conocido. Su madre tomó la decisión de dejar su lugar de origen por la inseguridad en la región y para otorgarles a sus hijos una vida libre de violencia.

La niñez y la adolescencia no son ajenas al fenómeno migratorio. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), tanto en México como en Centroamérica ha habido un incremento sustancial de su presencia y su participación en los procesos migratorios.

Julio y Héctor forman parte de las 60 mil 20 personas consideradas niñas, niños y adolescentes que llegaron a México en el periodo comprendido entre enero y noviembre de 2022, según datos oficiales de la Unidad de Política Migratoria (UPM) del gobierno mexicano.

En Jalisco, el 57 por ciento de los 125 municipios son considerados de alta y muy alta intensidad migratoria. La entidad se ha distinguido históricamente por ser receptora y expulsora de personas en situación de movilidad.

Las vías ferroviarias han fungido como rutas de tránsito para las personas migrantes que se dirigen rumbo a Estados Unidos, provenientes de Guanajuato. No obstante, dichas rutas son de alto peligro, y por ello grupos más vulnerables —como la niñez, familias o mujeres— han optado por viajes más seguros a bordo de camiones y otras vías de transporte. Por ejemplo, María y sus hijos viajaron en autobuses, aunque tuvieron que permanecer en algunas ciudades por varios días en tanto la madre reunía el dinero suficiente para el siguiente trayecto, recursos que obtenía con actividades como la confección y la venta de pulseras.

El documento Análisis de la situación de la niñez y adolescencia migrante en Jalisco de la OIM México, reporta que, en el caso de las infancias en contexto de movilidad humana, la mayoría de las situaciones que se atienden son menores de edad acompañados por uno solo de sus padres, o adolescentes de entre 16 y 17 años no acompañados.

El documento también destaca que los países de procedencia más frecuentes son Honduras —como Julio y Héctor—, Guatemala y El Salvador. Y pese a que los casos son mínimos, existe una conexión entre los contextos de violencia y las afectaciones en la salud mental en niñas, niños, adolescentes y sus familias.

Estos no son todos los factores que afectan las experiencias durante la movilización, pues cada infante tiene una vivencia diferenciada. Otros elementos que inciden son si viajan acompañados o no, su etnicidad, color de piel, sexo, orientación sexual, idioma, lengua o dialecto, entre otras.

La suma de todo esto agudiza las vulnerabilidades de la población en situación de movilidad, y se traduce en agresiones, discriminación, rechazo individual y sistemático y violaciones a sus derechos humanos.

Julio, de cinco años, y su hermano Héctor, de tres, salieron de su país, Honduras, junto con su mamá, María (Foto: José Toral).

Huir del hogar

María es originaria de Honduras, tiene 24 años. La familia tuvo que salir del país por la violencia e inseguridad generada por las pandillas, conocidas como maras.

Ella recuerda que estos grupos privan de su libertad a las y los infantes para exigir dinero a la familia por su rescate y que, en caso de que no reciban lo que piden, los torturan. Pese a que recibía el apoyo de su familia, particularmente de su hermano, y aun cuando “amaba” su país, no era una opción quedarse en su hogar.

Con este contexto y luego de recibir amenazas reiteradamente, decidió tomar una maleta y emprender su viaje a México junto con sus “amores”. Al principio, cuenta, la adaptación fue dura y las ganas de regresar eran una constante:“Yo estaba desesperada, lloraba por poder regresar a mi país. Pero aquí era más seguro que estar allá”.

Después de varias semanas de viaje, la familia llegó a Guadalajara, ciudad que eligieron como destino final de su trayecto puesto que se enamoraron de la amabilidad, el apoyo y el cariño de las personas. Una vez aquí, comenzaron a solicitar albergue en los distintos espacios que María encontró a través de las redes sociales. Cada uno de estos lugares les brindó refugio a ella y a sus hijos, pero ante la falta de otros menores los dos niños no tienen compañeros de juego.

Ambos extrañan, sobre todo, a su abuela. También su hogar, sus juguetes, a sus amigos y al resto de su familia.

A Julio le gusta la escuela y le pide a su mamá que lo meta de nuevo al kínder para poder jugar con otros niños y niñas. Es muy listo, le gusta dibujar, correr y hacer amigos.

Por su parte, Héctor ya quiere entrar a la escuela para conocer a más niños y niñas, pero por su corta edad tendrá que esperar un año más. A diferencia de otros países y entidades, en Jalisco se eliminó el primer año de preescolar en escuelas públicas, por lo que el ingreso de las y los menores de edad pasó de los tres a los cuatro años.

La no escolarización es una de las vulneraciones y afectaciones más comunes que experimentan la niñez y las adolescencias a lo largo de su proceso de movilidad en Jalisco, según resultados de un análisis realizado por la OIM México.

En ello concuerda María, quien ha observado que sus hijos se “aburren” por no convivir con más personas de su edad, situación que les termina afectando:

“Yo lo noto en el mayor, se pone muy hiperactivo, le afecta mucho no estar haciendo algo o no ver a más personas que no sean yo o su hermano”.

La madre explica que se le ha dificultado permanecer en una sola escuela, por lo cual el mayor de sus hijos ha estado en más de un kínder. Espera que lo acepten pronto en una escuela cercana al albergue donde actualmente es su hogar:

“Tengo que llevar todos los papeles en regla para poderlo inscribir, me dijeron que con los papeles que tuviera, con esos me lo iban a aceptar”, afirma la madre.

Gracias a las facilidades que le dieron para que Julio entre al plantel, su única preocupación por el momento, reconoce María, es conseguir el uniforme y los útiles escolares. Ella espera pronto acceder a un trabajo que le permita darle a sus hijos “la vida que merecen”, comprarles su útiles escolares, medicinas, juguetes y las “chucherías” que tanto les gusta comer.

En ocasiones el sentimiento de nostalgia regresa. No obstante, ella se siente feliz de haber salido de Honduras, ya que esto representa una oportunidad de estar mejor para ella y su familia.

“Lo tengo que hacer por los niños, yo no podía dejarlos ahí varados, son mi mayor motivación. Ellos ya hasta te dicen qué quieren ser grandes. Por ellos estoy aquí”, expresa la madre.

Mientras juegan con un rompecabezas en el patio del albergue, Julio explica que quiere ser bombero y Héctor, policía. Ambas son profesiones de riesgo, lo cual preocupa un poco a María, pero espera que sus amores puedan lograr todos sus sueños en su nuevo hogar.

Julio enfatiza lo mucho que extraña a su abuela, quien se quedó en Honduras, y agrega que a quien no extraña es a su padre. María explica que vivieron en un contexto de violencia al interior de su familia, por lo que decidió dejar a su pareja por su propia seguridad y la de sus  hijos.

Construcción del Refugio (Foto: José Toral).

Refugio en construcción

 La violencia contra las mujeres es una situación frecuente entre las personas en contexto de movilidad humana, reconoce el sacerdote Alberto Ruiz Pérez, quien desde hace once años dirige la casa del migrante El Refugio, en Tlaquepaque, dentro del Área Metropolitana de Guadalajara. Por esta razón, subraya la importancia de brindar espacios seguros y diferenciados para mujeres, niños y niñas.

El defensor de derechos humanos lamenta la frecuencia con que las mujeres que viajan solas o con sus hijos son asediadas por hombres durante un proceso migratorio. Ésta es una de las razones por las que califica como “urgente” generar espacios específicos para esta población.

Actualmente, El Refugio tiene capacidad para atender hasta 120 personas, pero gracias a la donación de una vivienda en la colonia La Nogalera, en Guadalajara, el sacerdote ya inició la remodelación de un espacio que se convertirá en la Casa San José, un lugar de atención exclusiva para hasta 40 mujeres, niñas y niños en contexto de movilidad.

“Muchas mujeres que vienen de Centroamérica huyendo es porque tienen una pareja violenta, que las ha golpeado y que incluso muchas veces las viene persiguiendo, o las maras las pueden ubicar. Entonces, este lugar va a ser especial para darle seguridad a ellas y una atención por separado”, dice el sacerdote.

La vivienda, de dos plantas, está siendo remodelada y en los espacios abiertos se construyen nuevos dormitorios, baños, una capilla, salón de usos múltiples y una cocina. El objetivo es que antes de finalizar 2023 arranque un espacio piloto con tres dormitorios provisionales y finalizar el proyecto conforme se consigan más recursos, porque el espacio requerirá de vigilancia las 24 horas del día para dar seguridad a las mujeres e infancias recibidas, a quienes se brindará también de atención médica y psicoeducativa.

El “padre Beto”, como lo conocen cariñosamente en la zona, también ha sido víctima de la violencia en distintas ocasiones, la más grave en octubre de 2019, cuando siete personas ingresaron a su casa parroquial, lo golpearon y amagaron con un arma de fuego, sometieron a las religiosas y familiares que se encontraban presentes y sustrajeron 20 mil pesos. Desde entonces, el sacerdote es parte del Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas del gobierno mexicano, y es acompañado por escoltas para garantizar su seguridad.

Fue justo uno de los escoltas quien le sugirió la idea de generar un espacio exclusivo para dar atención a mujeres y menores de edad, al percatarse de las dificultades e inseguridad que enfrentan.

El avance de la construcción de la Casa San José depende de las donaciones en especie que realizan personas solidarias, quienes regalan material de construcción o mobiliario, así como dinero en efectivo, explica Alberto Ruiz durante un recorrido por la obra.

“Gracias al padre José, que nos dejó esta casa que nos está favoreciendo, y con la ayuda de personas, de amigos, arquitectos, colaboradores y gente católica de fe que están donando que un costal de cemento, ladrillos, arena, los muebles de baño que acabamos de meter ahorita, y así estamos poco a poco haciendo esta casa”, relata Ruiz.

Arquitecto de formación, el sacerdote también invierte los recursos que obtiene de su trabajo profesional en proyectos de construcción para particulares, donde aprovecha para dar un trabajo temporal como albañiles y ayudantes a personas que se encuentran albergadas en la casa del migrante.

El reto de la inserción social

Para personas en contexto de movilidad humana que deciden establecerse en Guadalajara, ya sea luego de un proceso de migración o como consecuencia de una deportación desde Estados Unidos, el padre Alberto generó en 2018 un proyecto al que nombra cariñosamente como “Las Casitas”.

Se trata de un espacio de refugio de larga duración, donde las personas pueden establecerse en tanto consiguen un empleo y generan las condiciones para instalarse en un nuevo hogar:

“No les cobramos nada, es para que vivan dignamente y puedan ahorrar durante un tiempo conveniente, seis meses, poco más o menos, y tengan un trabajo solvente”.

Para garantizar la educación de niñas y niños, el sacerdote ha conseguido acuerdos con planteles escolares de los alrededores, donde les reciben desde preescolar hasta secundaria. Y aunque aún no se ha utilizado, también hay un convenio para que puedan cursar la preparatoria en la escuela Líderes del Siglo, donde hay posibilidad de darle beca completa a personas migrantes, refugiadas o deportadas que habitan en Las Casitas.

Son cerca de 50 familias las que han habitado temporalmente en este proyecto de inserción social. Actualmente hay ocho departamentos, que han sido construidos con el trabajo de las propias personas beneficiarias, y están en proyecto de construcción otros ocho espacios.

En el mismo lugar está en proceso de consolidación una granja de conejos y gallinas, con la finalidad de obtener alimentos para el albergue y ofrecer una opción de empleo a las y los habitantes de Las Casitas.

Las personas de la colonia Cerro del Cuatro, donde están asentadas tanto la casa del migrante El Refugio como Las Casitas, han recibido a las personas en contexto de movilidad humana con solidaridad. Sin embargo, todavía hay muchas necesidades educativas, de atención a la salud, seguridad social e integración que son un reto a superar por las personas, ante las insuficientes políticas públicas para garantizar sus derechos humanos, especialmente de las niñas y niños como Julio y Héctor.

Seguir adelante 

Durante su estancia en México, María ha pasado momentos de desesperación que incluso la llevaron a pedir ayuda para repatriarse y volver a Honduras con sus hijos.

Explica que, tras meditarlo con calma y recibir apoyo de distintas organizaciones, como FM4 Paso Libre, congregaciones religiosas con trabajo social como los Scalabrinianos y la casa del migrante El Refugio, decidió permanecer en Guadalajara con el objetivo de brindarles un futuro mejor a sus hijos, principalmente a través de la educación.

“Mi deber como madre es darles el estudio para que ellos sigan adelante”, explica mientras ve a sus dos niños jugar y dibujar en el suelo del albergue que, por el momento, se convirtió en su hogar:

“Yo lloraba porque me quería largar a mí país. Con el tiempo me fui calmando y ya estoy aquí, tengo derecho a trabajar y a darles el estudio a mis hijos. Eso es lo que siempre he querido”.

Recuerda que ella sólo estudió hasta el primer grado de primaria, por lo que espera darle un mejor futuro a Julio y a Héctor, garantizándoles el acceso a la educación en México, un derecho que ve más difícil de lograr en Honduras. El primer paso para comenzar a cumplir su objetivo fue presentar la solicitud para que el gobierno mexicano les reconozca, a ella y sus dos niños, como personas refugiadas.

Aunque el trámite puede tardar varios meses en ser resuelto por la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), ella confía en tener éxito gracias a la asesoría legal que le ofrecen las asociaciones civiles locales con las que tiene contacto. De obtener una resolución favorable, la familia tendrá la posibilidad de residir en Guadalajara de forma permanente y regular, lo que además facilitará que los estudios de sus dos hijos tengan certificados válidos, más allá de que el preescolar al que entrará Julio les ha dado el apoyo para que comience sus estudios con los papeles hondureños de identidad que tiene María.

Gracias a este acuerdo de palabra, en las próximas semanas podrá ingresar al preescolar su hijo mayor, y el próximo año, cuando tenga la edad requerida, el menor. Con el papeleo resuelto, sólo restaría reunir los recursos suficientes para los uniformes y los útiles escolares. Para ello, continúa en la búsqueda de un empleo que le permita tener ingresos y además le ofrezca flexibilidad de horario para darle los cuidados necesarios a sus “amores”. En caso contrario, el “padre Beto” le ha ofrecido el apoyo para costear al menos la mitad de lo que cobraría una niñera de confianza, para que pueda atender a los menores mientras la madre sale a laborar.

Con la inquietud que lo caracteriza, Julio explica que ya conoció la escuela a la que va a ingresar y afirma que tiene ganas de conocer a sus nuevos compañeros y jugar, al tiempo que contagia a su hermano menor del entusiasmo por la escuela.

“Hay una puerta en el kínder y vi muchos niños, miré que estaban corriendo y que también pueden hacer más cosas, a mí me gusta jugar”, dice Julio lleno de seguridad.

Alentado por su madre, el niño muestra que ya sabe escribir los números y algunas palabras. En su apuesta de largo plazo, María tiene la confianza de que al finalizar los estudios sus hijos reciban los certificados oficiales que les permitan avanzar en su educación formal.

Ese es el principal objetivo, pero María tiene claro que su estancia en el país no será definitiva: sí piensa regresar a Honduras en un futuro:

“Pero no tan pronto. Me están apoyando con los niños y con todo, entonces yo tengo que aprovecharlo, hasta que mis hijos saquen sus estudios. Mi sueño siempre fue estar en México, pero no voy a vivir toda una vida aquí”.

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“Este producto periodístico forma parte de Somos Parientes, una iniciativa financiada por la Unión Europea”.

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Aletse Torres
Aletse Torres
Vivo de café, amo los gatos, no creo en las etiquetas. Desde niña quise ser periodista por Spiderman, me invento unas fotos, cubro cualquier tema con pasión, respeto y verdad.

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