El tiempo en que no estás no existe…

DOXA

Por Dorisbel Guillén Cruz / @DorisbelGCruz

Soy cubana, en los últimos años en mi país han emigrado más del 15 por ciento de la población, en busca de otros horizontes de lo posible (alguna especie de tierra prometida). Durante años juzgué y/o alenté a  los que se fueron, con el conocimiento de los de “adentro”; con el corazón de “los de adentro”, desde una prudente resignación. ¡Hasta quise detener el tiempo cuando pensé que se me iba a  caer la mano de tanto decir adiós!

Siempre supe que un día me iría, pero no que dejaría a alguien como tú, sentado en el umbral, esperando “el transcurso de un tiempo eterno”. Que los ojos de mi abuela se volverían dos perlas intocables, detrás del cristal de una vidriera inteligente: el teléfono celular de nuestros vecinos del campo. Y que mi país comenzaría  a desdibujarse de mi acento para adherirse, profundamente, a mi soledad. Como si el sentido de pertenencia a la tierra en donde naces, fuera ese precisamente, el de no dejarte jamás, ni tu a ella, el de tenerse(tenernos), a pesar de las circunstancias; y a donde quiera que vayas.

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Ser migrante es mucho más que salir de casa con una pesada maleta a rastros, y la lista de contactos de tu teléfono celular.  Sobre todo, porque quieras o no, a donde vayas vas contigo mismo. Empieza quizás por el reconocimiento de un nuevo territorio en el que eres percibido como foráneo, y en el que tú también te autodefines como una ente ajena.

Para muchos formar parte del nuevo paisaje, significa asumir el idioma del lugar, a riesgo de que esto genere un rechazo mayor, una vez que “batallas” con uno de los elementos identitarios más importantes y fronterizos de cualquier espacio-lugar. Lo inconmensurable está entonces no en el idioma, o el uso de este como vocablo llano, sino en la comprensión de la cultura, y las formas de comunicación, o sea, apropiarte y hacer parte del sentido que las personas dan, -para seguir con el mismo sistema de representación social-, por ejemplo, al idioma. Ya que incluso, cuando un hispano arriba a otra comunidad (país) hispanohablante, le resulta difícil librarse de esa violencia cultural que nos autoinfligimos al abandonar nuestras comunidades habituales de producción de sentidos.

Este es solo un ejemplo de por qué considero que el conflicto de la emigración se ancla con fuerza en el plano de lo ontológico. Para adquirir movilidad y agencia en ese “nuevo mundo” los inmigrantes necesitamos gestionar, primeramente, un conocimiento fidedigno sobre el paisaje del cual queremos formar parte; medios de transporte, ubicación de los recursos elementales, medios de comunicación y telecomunicación, entre otros.

Muchas veces buscamos integrarnos a redes de apoyo en espacios sociodigitales como Facebook, o whatsapp, pero  estas también tienen sus propias reglas de inclusión o exclusión. No es difícil ser admitido, pero una vez que resultas expulsado de las mismas, por desacuerdos con algún administrador, estás expuesto a que esa exclusión en el terreno virtual se expanda a la construcción de tu imagen, de tu vida y tus redes de apoyo, en otros terrenos. (Estas exclusiones conducen a la fragmentación interna en las comunidades de inmigrantes, pero esto es material de otro texto).

De modo que la forma de integración al paisaje de “un nuevo mundo” pasa por la reconfiguración de la identidad personal, en función de los otros, tanto los nativos como las comunidades emigrantes, ya instaladas en ese lugar de destino. Estas, tal cual lo explica Morley (2017), reclaman el derecho al diseño y distribución de un territorio al que ellos llegaron primero, son los portadores de la experiencia de emigrante en ese destino, y esta condición de antigüedad genera jerarquías de visibilidad y de poder.

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La emigración es asidero de muchos otros conflictos y negociaciones del sentido, del sentir, y del ser. La reconfiguración de las familias, extendidas gracias al uso de las tecnologías de la telecomunicación, también propicia la coopresencia en el lugar de destino, de familiares y amigos nativos del inmigrante.

Además de que fortalece sus rasgos identitarios de cuna, y esto hace que cada vez más sea reconocible la diferencia cultural entre nativos y extranjeros que continúan el vínculo extendido con sus lugares de orígenes, pero en el plano afectivo y de las relaciones sociales, los lazos se estrechan, lo inconmesurable se debilita, en la medida que en este uso de las tecnologías permite la convivencia virtual de las familias y comunidades de amigos a distancia de uno y otro país, el miedo al otro también se va sustituyendo por el reconocimiento y el respeto.

Esto es sumamente importante para el inmigrante que llegó a una tierra desconocida movido por sueños, esperanzas, horizontes instituidos de lo posible; y una vez allí, concuerdo con Morley (2017), todo nuestro mundo vital se quiebra.

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No preví el significado “real” de la palabra migrante, ni siquiera fui consciente de que en algún modo subía yo misma, por mis propios pies, las escalerillas a Nunca-Jamás. Siquiera hoy estoy segura de que las experiencias cosechadas en esta “aventura” alcancen a dar sentido a una práctica tan caótica, tectónica y rasante en sí misma. Viajar te cambia, abre puertas dentro de ti. Pero, en mi opinión, emigrar es una decisión de fondo, una corporalidad instituida, que para nada se representa como una página en blanco.

Juegas a aferrarte y desprenderte de ese pesado equipaje que son los recuerdos. Y es que en esa, la maleta del migrante, viaja el tiempo. Fotografías, libros preciados, conservas caseras, imágenes religiosas, juguetes de la infancia; te permiten de vez en cuando hundirte en tus raíces, retroceder. Pero también sucede cuando regresas, cubres a tus familiares y amistades de obsequios que les permitan viajar a tu nuevo país de destino y de algún modo compartir con ellos tu vida presente.

Los teléfonos móviles, la internet y las telecomunicaciones a modo general, también aplicables a esta metáfora de vidas simultaneas, que se materializan a través de las experiencias que compartimos o intercambiamos con otros (gracias a la tecnología, en tiempo real).

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Así es como hemos llegado nosotros hasta aquí, tan juntos, y tan distantes. Hoy tu voz y tu imagen viajan a mi cotidianeidad, “gracias de la tecnología” que nos permite conversar mientras preparo mi café temprano en la mañana. Ahora adosado en recuerdos que, en este marco de presente, se me hacen vitales; como aquel día, en que asfixiados por la pandemia me invitaste a salir al techo de tu casa, y allí escribiste mi nombre.

Algún día nos volveremos a escapar a las alturas, mientras, –el tiempo en que no estás no existe-, te digo despacio y cierro los ojos, los aprieto fuerte, para que no te me escapes volando, como un pájaro o un fantasma.

Bibliografía

Sassen, Sassia. (2016). ¨Three Emergent Migrations: an Epochal Change.¨ Sur: International Journal of Human Rights 13:23, pp. 29-41.

Jones, Reece (2016).  ¨Introduction¨ Violent Borders: Refugees and the Right to Move.  London: Verso.

Morley, David (2017) ¨Migration: Changing Paradigms, Embodied Mobilities, and Material Practice¨The Migrant, the Mobile Phone, and the Container Box. Inglaterra: Wiley-Blackwell  Pp. 133-157.

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DOXA MCC es una columna de opinión de la generación 2021-2023 de la Maestría en Comunicación de la Ciencia y la Cultura del ITESO. 

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

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