Recuento

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Todavía faltan quince días, pero por todos lados permea la sensación de que este año ya se acabó. Nada más por poner un ejemplo cercano y muy concreto, este entrañable y querido sitio que me honra con su paciencia para mis desvaríos semanales baja la cortina a partir de ya. Entramos a la espiral de festejos, abrazos, buenas vibras y mejores deseos. ¿Qué más podemos hacer, además de dejarnos llevar?

Por aquí y por allá abundan los recuentos y las listas con lo mejor de lo mejor que pasó en 2023. Toda lista, se sabe, es arbitraria. Y siempre me ha parecido presuntuoso suponer que uno es el más calificado para decir qué fue lo mejor. En todo caso, creo que lo mejor es aquello que le dejó un recuerdo memorable, a cada quien, esos pequeños detalles que saltan cuando uno se pregunta, precisamente, qué pasó en el último año, independientemente de que se haya recién estrenado, sea reciclado o apenas descubierto. 

Yo, por ejemplo, me acuerdo que empezando el año los 49ers de San Francisco me rompieron el corazón cuando se quedaron a un paso del Super Bowl y ahora, a la vuelta de un año, otra vez me han vuelto a ilusionar, como cada vez, con que por fin volverán a levantar el trofeo en febrero próximo. Y de los Pumas sólo puedo decir: ¿cómo no los voy a querer?

Me hice de dos antologías con poemas de Ángel Ortuño, pero El palacio de las uñas no tiene comparación. Leí muy poco, al menos en el objeto llamado libro: algunos relatos de Inés Arredondo, terminé los de Leonora Carrington —y volví a ver sus esculturas en vivo—, sigo sin terminar Quijote, de Rushdie, y apenas le mordí una nada a los cuentos completos de Clarice Lispector. Me fui a headbangear con el metal de La armada invencible, de Antonio Ortuño, y conseguí No hay manera de escapar, un nuevo libro de Boris Vian, a buen precio.

Este año apenas pude ver Chernobyl y me pareció una maravilla. Me conmovió, otra vez, Ted Lasso y me gustó mucho su final. Me reí como tarado con Poquita fe y Miracle Workers. Me maravilló la gran actuación de Steve Carell en The Patient, nada qué ver con su papel como Michael Scott en The Office, que apenas empecé a ver —sí, apenas: siempre llego tarde, aunque no llegué tarde a The Bear, que también es una cosa exquisita de ver aun con sus porciones desmedidas de estrés y neurosis, o quizá por ellas. Me gustó mucho la segunda temporada de Loki, y la primera de Gen V se cuece aparte. Ahsoka hizo una más que decorosa entrada al catálogo de Star Wars y The Last of Us fue un buen descubrimiento para mí, que no sabía nada de su universo lleno de hongos. La serie de Fito Páez me conectó con su música cómo no había logrado hacerlo la música de Fito Páez.

En cuanto a películas, me reencontré con El Señor de los Anillos: El retorno del Rey en la pantalla grande y me emocionó como la primera vez que la vi hace 20 años. Los enfrentamientos con el más allá estuvieron a la orden del día: me gustó mucho El exorcista del Papa; creo que, aunque no está a la altura de su antecesora, El Exorcista. Creyentes es cumplidora; me sorprendió mucho y para bien lo que hicieron con Talk to Me; no le entendí a Beau Is Afraid, pero sigo confiando en Ari Aster. Salí cantando “Peaches” después de ver Mario Bros y sigo extasiado de ese portento de historia y animación que es Spider-Man: Across the Spider-Verse. Todavía no veo Barbie, pero Oppenheimer fue un banquete y Argentina 1985, una buena sacudida. No había visto esa genialidad llamada Tren a Busan, pero ya arreglé ese error. Me volví a impresionar con Historia Americana X y disfruté la adaptación de Recursos humanos, la película basada en la novela homónima de Antonio Ortuño, que alcanzamos a ver de pura suerte en la última función que hubo en la ciudad.

Dice Spotify que escuché mucha música, pero en realidad escuché la misma música que escucho mucho desde hace mucho tiempo. 

Este recuento general es lo más cerca que puedo estar de las cosas que pueden ser enlistadas. El año que ahora entra en su recta final se volvió viejo a fuerza de llenarse de momentos nuevos y diferentes. Ha sido un año de cambios y descubrimientos. De volver a aprender. Un año que, al acercarse a su término, nos acerca cada vez a eso que escribiera de manera tan maravillosa Salman Rushdie: «Una a una y en silencio, se apagarán las estrellas».

Pero mientras se apagan… ¡Felices fiestas y hasta el próximo año!

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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