La casa de Antonia

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La historia de esta casa no tiene el mejor final posible, pues se trata de una radiografía de injusticias para las comunidades indígenas de Sinaloa.

Por Marcos Vizcarra / Revista Espejo

La hija mayor de Antonia, una mujer Tarámari, dejó la primaria. Se fue a trabajar al pueblo minero San José de Gracia para ganar dinero después de que su padre fuera asesinado. Sintió la necesidad de aportar dinero para su apoyar a su madre y sus cuatro hermanos.

“La señora enviudó hace dos años, es una mamá de cinco niños y eso ocurrió cuando estaba recién parida de su quinto hijo, cuando asesinan a su esposo. Se queda ella sola con cinco niños menores y esta niña que es la mayor, estaba en quinto o sexto de primaria, dejó la escuela para irse a trabajar a labores del hogar”, contó Hortensia López Gaxiola, del Colectivo Tarahumara Sinaloense.

La señora Antonia no podía dejar a sus hijos solos, a quienes cuidaba en una casa hecha con barrotes de madera y techos de plástico, una forma común de vida para las familias indígenas que viven en la sierra norte de Sinaloa.

Esa niña dejó la escuela, pero el Colectivo Tarahumara no sabía las causas hasta diciembre de 2023, cuando un grupo de personas de ciudades como Mazatlán, Culiacán, Guasave, Guamúchil y Los Mochis donó mochilas, ropa y juguetes a las niñas y niños Tarámari.

La persona encargada de llevar los regalos contó la historia de la niña que dejó la escuela para trabajar en el pueblo San José de Gracia.

“Se habló con la mamá, se le dijo que se podía conseguir una beca para que la niña regresara a la escuela, además del apoyo que ya recibe por la Secretaría del Bienestar por los niños que permanecen estudiando.

Pero al hablar con la señora el Colectivo dio cuenta de uno de los problemas más elementales: la falta de una vivienda digna donde pudiera vivir Antonia y sus cinco hijos.

“Pensamos que no era posible que vivieran en esa situación, porque además no tienen quién les apoye ahora que no tiene marido. Tiene que salir adelante en esa situación y eso sí podíamos hacer, con apoyarle con una casita de madera”, contó López Gaxiola.

El costo total de la vivienda era de 35 mil pesos, traducido en gasolina para motosierra, alimentos para los trabajadores, gasolina para los traslados de madera de la comunidad de Cuitaboca a Las Tunas y mano de obra.

Ejido Cuitaboca proporcionó los árboles con el pago solo del 5 por ciento del valor real por ser una actividad altruista. La lámina del techo fue otorgada por la Secretaría del Bienestar en Sinaloa (SEBIDES) y el gasto corrió por decenas de personas voluntarias, quienes participaron en rifas de un frigobar, muñecas, equipo para acampar y una bicicleta.

Hubo personas que ya no pudieron participar en esas rifas, pero se sumaron con aportaciones voluntarias. Querían ver una casa digna para una familia Tarámari en la sierra de Sinaloa.

Esta historia, sin embargo, no tiene el mejor final posible. La niña no regresará a la escuela.

Aún cuando hay una mejor vivienda para sus hermanos, todavía falta tener un mejor ingreso y una vida digna.

Las condiciones en la zona serrana no son tan sencillas para quienes habitan ahí, sobre todo si son indígenas. No hay carreteras ni infraesructura de agua potable o alcantarillado. Tampoco hay servicios de Salud y las escuelas que se tienen están en lugares muy específicos, muchas veces a horas caminando entre veredas.

La niñez que habita en estos lugares se enfrenta a distintas violencias más allá de la criminal. Está expuesta a la contaminación de residuos tóxicos por la alta concentración de la minería. Vivir en esa región es un desafío.

“Hay deserción fácilmente. con la implementación de los comedores escolares estamos tratando de que se mantengan unidos a la escuela, unidos a sus compañeros, que se creen lazos y ellos quieran continuar estudiando, porque son lugares donde no es sencillo que tengan acceso a los alimentos, en algunas zonas ni siquiera hay abarrotes, como es el caso de Jikapori. Buscar alimentos es muy caro y buscar el sustento para comprar esos alimentos también es complicado”, dijo la activista.

 

El Colectivo Trahumara Sinaloense trabaja desde hace más de 7 años, como una iniciativa del profesor Román Rubio, quien fue asesinado el 21 de julio de 2021. Ese hombre unió a decenas de hombres y mujeres para trabajar en pos de mejores condiciones para la comunidad Tarahumara.

Se logró el reconocimiento de esta comunidad como de habitantes sinaloenses, así como la construcción de escuelas, que se tenga personal docente bilingüe para hablar rarámuri y español, y que se hicieran brigadas de salud por un tiempo.

Este colectivo impulsó que se integrara un presupuesto para atención a comunidades indígenas, aunque a la fecha se sigue con casos como el de Antonia y su hija, quien no volverá a la escuela para poder apoyar a sus hermanos.

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Este trabajo fue publicado originalmente en Revista Espejo que forma parte de la Alianza de Medios de la Red de Periodistas de a Pie. Aquí puedes consultar la publicación original.

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