La única pregunta

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

—¿Quién mató al comendador?

—¡Fuenteovejuna, señor!

Lope de Vega

 Todavía no sé por qué, pero tardé en enterarme de la trágica historia de la niña Camila y su desenlace. «¿Viste lo que pasó en Taxco?», me preguntó Verónica, y respondí que no. Entonces me contó: la niña le avisó a su mamá que iba a la casa de una amiga a jugar, le habían dicho que iba a haber una alberca. Era miércoles. Preocupada porque pasaban las horas y no regresaba, la madre de Camila llamó a la de su amiga, quien le dijo que la niña no había llegado a la casa. Se supo que la madre recibió llamadas exigiendo dinero para recuperarla. La verdad era peor: la menor había sido asesinada en la casa a donde había ido a jugar y luego tirada en una bolsa. Indignada, el jueves la muchedumbre rodeó la casa y exigió a la policía el arresto de la mujer y sus cómplices; la autoridad pidió una orden de arresto que nunca llegó; enardecida, la muchedumbre entró a la casa, los sacaron, los golpearon, los molieron a golpes: la mujer murió, los cómplices terminaron en el hospital. La policía no pudo meter las manos: rebasados en número, se dijo que habían sido rociados con gasolina para que no detuvieran lo que estaba sucediendo.

Lo que sucedió fue un linchamiento.

Más que escribir sobre un tema del que no tengo mucha idea —a decir verdad, nunca tengo mucha idea de ningún tema—, prefiero compartir algunas cosas que he encontrado por aquí y por allá en esa búsqueda de respuestas para comprender lo incomprensible. Porque me parece que ante un suceso tan impactante como un linchamiento, nos sobran juicios de valor convertidos en titulares y hashtags y nos faltan herramientas para entender.

El Diccionario de uso del español de María Moliner define así la palabra linchar:

“Matar las turbas a una persona; la palabra nació en los Estados Unidos con referencia a ese acto realizado contra los negros, y toma su nombre del de un magistrado, Lynch, de Carolina del Sur, siglo XVII, que estableció un procedimiento sumarísimo por el cual la multitud podía apoderarse de un criminal, juzgarle, condenarle y ejecutarle en el acto”.

Gema Kloppe-Santamaría, autora del libro En la vorágine de la violencia. Formación del Estado, (in)justicia y linchamientos en el México posrevolucionario (Grano de Sal, 2023), explica en una entrevista que “el término emerge en México en la segunda mitad del siglo XIX, como un término que se toma prestado del inglés. De hecho, en México el término aparece en la prensa como se escribe en inglés: con i griega (lynching).

La investigadora dice: “El término refleja dos cosas que están en el corazón del fenómeno, tanto en Estados Unidos como en México y en todo el mundo. Por un lado, el carácter extralegal: se trata de una práctica que sucede fuera de la ley o que va en contra de la ley. Por otro lado, la idea de que se está castigando una conducta. Es una forma de violencia —una forma de castigo extralegal— cuyo objetivo es castigar conductas que se consideran transgresoras o amenazantes. (…) El linchamiento como tal existe desde el principio de los tiempos si tomamos en cuenta la definición mínima de un acto colectivo extralegal que busca castigar una conducta.

En el texto “Sed de justicia”, publicado en Nexos en agosto de 2022, Enzo Nussio y Pablo Parás apuntan que “las reacciones del público frente a los linchamientos reportados son tan contradictorias como el fenómeno mismo. Por un lado, se celebran las golpizas colectivas a los ladrones que asaltan a combis en el Estado de México. (…) Por otro lado, el público se escandaliza cuando se trata de violencia extrema contra personas claramente inocentes. (…) En este tipo de casos los linchadores son calificados de ‘bárbaros’”.

A partir de una encuesta por ellos diseñada, Nussio y Parás documentan que en México el 71% de los entrevistados aprueba el castigo colectivo del ladrón por parte de la comunidad, y un 45% afirma que se prestaría a participar directamente en un linchamiento”. Los resultados de la encuesta tienen un matiz importante: “Todos los resultados obtenidos probablemente serían inferiores si el escenario usado en la encuesta hubiera descrito explícitamente un evento con desenlace fatal”. Un desenlace como el ocurrido en Taxco el 28 de marzo.

Por otra parte, en “Un panorama general de los linchamientos en México”, Elisa Godínez Pérez, quien ha estudiado de cerca el fenómeno, escribe que “un linchamiento es la síntesis de una relación conflictiva entre el Estado y la población en contextos de transformaciones socioeconómicas y culturales profundas, agravios históricos y múltiples violencias, y agrega que en este país “los linchamientos son una maniobra desesperada ante la necesidad de seguridad y sobrevivencia. No es que la población se niegue a vivir y convivir dentro de la ley, sino que su experiencia con el ejercicio de la legalidad estatal es una repleta de arbitrariedades, abusos, corrupción y selectividad, lo cual provoca el despliegue de acciones extralegales para hacer frente a la constante injusticia”.

El viernes 29 de marzo, la edición Jalisco del diario Milenio ponía en su foto principal de portada el momento en que un hombre estaba a punto de impactar con una patada la cabeza de uno de los linchados, que estaba tirado en el piso. Al respecto del papel que juegan los medios de comunicación y las redes sociodigitales, Elisa Godínez escribe:

“Es imposible olvidar el papel que tienen los medios de comunicación en un país lleno de violencias y particularmente en la representación de los linchamientos. (…) No se puede negar que los hechos de violencia ligados a la criminalidad y la inseguridad son convertidos en espectáculo, lo cual contribuye a su naturalización, normalización y aceptación como parte de un repertorio de la cotidianidad. En este sentido, la narrativa que se construye y reproduce de los hechos de violencia en general y de los linchamientos en particular, promueve estereotipos y estigmas que poco ayudan a entender el fenómeno y mucho afectan en el modo en el que las autoridades y la sociedad necesitan responsabilizarse de la violencia en México”.

Esta última línea me removió cosas:

¿en qué medida estamos dispuestos a asumir la responsabilidad que tenemos, como individuos dentro de una sociedad, pero también como comunicadores, en la proliferación de la violencia, mejor dicho, de las múltiples violencias que aquejan al país?

Un par de días después Verónica me preguntó qué pasaba con la gente después de un linchamiento. La periodista Lydiette Carrión escribe:

“En mi experiencia, tras un linchamiento (consumado, como en Tláhuac, o si el probable delincuente salvó la vida, como en Chiconautla), algo se rompe en el corazón de las comunidades. Si bien puede permitir un desfogue a estas emociones de impotencia e ira, ejercer esta violencia homicida no puede ser saludable para ninguna persona. La culpa o la descomposición vendrán en los días siguientes. La desconfianza ante los vecinos crece. Y la desconfianza —fundada— ante las autoridades no pasa”.

Sobre la misma cuestión, Elisa Godínez escribe:

“Prácticamente ninguna institución acude a las comunidades posteriormente a que se registran estos actos de violencia, pese a que lo que ocurre a posteriori es de gran relevancia si se trata de hacer labor preventiva. (…) Después de un linchamiento una comunidad queda expuesta, estigmatizada y desconfiada y se requeriría un trabajo social y pedagógico extendido y de la mano de autoridades y especialistas para atender y prevenir las violencias”.

Estas son algunas de las cosas que encontré mientras buscaba información para entender y sacudirme el impacto por el linchamiento, mientras buscaba respuestas a las preguntas. Y en eso estaba cuando otra pregunta, la única pregunta importante, me revolvió el estómago: ¿Por qué le arrebataron la sonrisa a una niña que sólo quería jugar?

Comparte

La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Quizás también te interese leer