Infancias frente a pantallas: conectados, pero vulnerables

El resplandor de una pantalla ya no es solo sinónimo de entretenimiento: se ha vuelto una presencia constante en la vida de niñas, niños y adolescentes. A diario, millones de infancias en México y el mundo pasan horas frente a dispositivos digitales, transformando no solo su forma de jugar, aprender o comunicarse, sino también sus vínculos afectivos y su salud emocional.

Mientras madres y padres enfrentan rutinas extenuantes y escaso acompañamiento, las pantallas parecen ofrecer una solución fácil. Sin embargo, lo que a simple vista parece inofensivo —un celular como niñera, una tableta como compañía— esconde una creciente preocupación: la dependencia digital, el aislamiento emocional y el abandono del juego libre. Esta crónica recorre testimonios y datos para preguntarse qué implica crecer hoy entre luces de neón y notificaciones constantes.

Por Dariana Medina / @lovedari__ (IG) *

La habitación está en silencio. A lo lejos, la voz de su madre intenta llamarlo, pero él no responde. Uriel, de 13 años, mueve los pulgares sobre la pantalla. Lleva audífonos; aunque no suena música, los usa para mantenerse ausente. Son las 8 p. m., pero parece llevar horas ahí, con la misma expresión cansada, iluminada por la luz azul del celular.

“No me interesa hablar con nadie, ni salir”, dice sin apartar la mirada del teléfono.

Desde hace un año, Uriel pasa entre 9 y 15 horas al día con su dispositivo, estima su madre. Las consecuencias han sido silenciosas, pero profundas: se alejó de sus hermanas, duerme mal, se irrita con facilidad y ha dejado de salir. Si le quitan el teléfono, el cambio es inmediato.

“Se enoja, contesta mal, se encierra en su cuarto y se duerme, como si así evitara sentir la ausencia del celular”, relata su madre.

En la escuela, sus maestros señalan bajo rendimiento y problemas para concentrarse. “Cuando le preguntamos algo, evade o simplemente guarda silencio”, comentan. La psicóloga sugirió realizarle un estudio neurológico. El uso desmedido de pantallas en la infancia, advierte, ya se asemeja a una adicción.

“Me gusta estar en el cel porque ahí no me molestan. Pero cuando no lo tengo… me siento vacío. Como si me estuviera perdiendo de algo.”

Lo que Uriel no sabe es que eso que siente tiene nombre. La Universidad de Michigan llevó a cabo un estudio titulado “When do smartphones displace face-to-face interactions and what to do about it?”, que vincula el tiempo excesivo en redes sociales con una disminución en la calidad de las interacciones cara a cara. Los investigadores concluyeron que reemplazar el contacto físico con la interacción digital puede generar soledad, ansiedad y depresión.

Su familia ha intentado imponer reglas: limitar horarios, prohibirlo en la mesa, ofrecer otras actividades. Pero él siempre encuentra la manera de regresar a su mundo digital, donde no hay reglas ni límites.

“Ya no sé qué hacer para tener una conversación con él. Ni siquiera me mira a los ojos”, confiesa su madre con una mezcla de tristeza y resignación.

Uriel se recuesta en el sillón, celular en mano. A su lado, una bicicleta cubierta de polvo y una libreta con dibujos inconclusos. Cosas que antes le gustaban. Cosas que hoy, simplemente, ya no importan.

Entre el entretenimiento y la dependencia

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT), el 77.3 % de niñas y niños en México pasan más de dos horas diarias frente a una pantalla. En adolescentes, como Uriel, la cifra sube al 82.6 %, con un uso mayor entre varones.

El debate es reciente, sobre todo entre madres y padres que buscan un equilibrio entre el mundo digital y la vida offline. ¿Hasta qué punto es sano el uso de pantallas? ¿Y qué pasa cuando dejan de ser una herramienta de entretenimiento para convertirse en una necesidad emocional?

Ante esta problemática, algunos países han comenzado a tomar medidas legales. En Francia, desde 2018, una ley prohíbe el uso de celulares en escuelas primarias y secundarias, incluso durante los recreos, como una forma de fomentar la socialización y reducir la dependencia digital. En China, recientemente se implementaron límites horarios al uso de plataformas como TikTok y videojuegos para menores de edad.

En México, aunque no existen prohibiciones explícitas en el entorno familiar, hay iniciativas en curso. En 2023, la diputada María Teresa Rosaura Ochoa Mejía propuso una reforma a la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes para regular el uso excesivo de dispositivos y proteger el derecho al juego y al descanso.

En estados como Querétaro, este 2025, se aprobó una legislación que prohibe el uso de teléfonos celulares en escuelas, pública y privadas, de educación básica. Una legislación similar se está discutiendo en el Congreso de Jalisco, con el nombre de Pantallas Seguras y en la que se propone: 1) La creación de una Red de Protección en Entornos Digitales, integrada por gobierno, escuelas y familias, 2) La creación de protocolos de uso seguro de dispositivos móviles en escuelas y espacios públicos y 3) La generación de campañas de sensibilización para padres y educadores sobre el uso seguro de las tecnologías.

Organizaciones como Tejiendo Redes Infancia en América Latina y el Caribe han señalado que estas medidas, sin duda, son buenas pero deben pensarse y discutirse en total interlocución con las infancias y adolescencias, pues: “Prohibir el acceso a internet a infancias y adolescencias es una medida punitiva y adultocéntrica” y más cuando “se da sin un diálogo intergeneracional entre infancias y población adulta”, precisó Juan Martín Pérez, coordinador de Tejiendo Redes Infancia.

“Yo sé que no está bien, pero no hay de otra”

Emma, madre soltera de tres hijos, remueve la sopa de fideos mientras su hija de tres años mira YouTube en una tablet. La niña no levanta la vista ni se inmuta ante nadie. Con su dedo índice pasa los videos que no le interesan hasta encontrar uno lo suficientemente gracioso. A su alrededor, juguetes sin usar decoran la sala: objetos que ya no representan diversión.

“Trabajo todo el día, salgo a las siete de la mañana y regreso a las nueve de la noche. No tengo quién me la cuide… el celular me salva”, dice Emma sin dejar de mover la cuchara. “Cuando llego, ella quiere jugar, pero ya no tengo energía. Le presto el teléfono para que no insista. Al menos sé que no está en la calle viendo cosas peores”, dice, con un tono entre sarcasmo y culpa.

Las pantallas: ¿derecho o riesgo?

Las infancias y adolescencias de hoy no están solas: están acompañadas por pantallas que informan, entretienen, educan. Pero también están expuestas a la comparación constante, a la ansiedad digital y al vacío de la hiperconexión.

El artículo 6 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece que:

“El Estado garantizará el derecho de acceso a las tecnologías de la información y comunicación, así como a los servicios de radiodifusión y telecomunicaciones, incluido el de banda ancha e internet.”

Es decir, niñas, niños y adolescentes tienen derecho a estas herramientas. Prohibirlas va contra la ley y contra la realidad. Tal vez la clave no esté en decir “no”, sino en aprender a decir “hasta aquí”.

Volver al juego libre. A la charla sin filtros. Al aburrimiento sin culpa. A lo simple. A estar presentes.

¿Qué podemos hacer?

Decidir si las pantallas son buenas o malas es una pregunta mal planteada. Están aquí para quedarse. Lo que sí puede cambiar es cómo se usan y cómo se gestionan en casa.

Organismos como UNICEF, Save the Children y la Cátedra UNESCO de Alfabetización Mediática e Informacional de la Universidad de Guadalajara coinciden: lo importante no es prohibir, sino acompañar.

Esto implica:

  • Establecer horarios y zonas libres de pantallas (como en el comedor o antes de dormir).
  • Compartir momentos digitales en familia (ver una película juntos, comentar un video).
  • Fomentar actividades físicas y creativas que no dependan de dispositivos.
  • Escuchar sin juzgar cuando niñas, niños y adolescentes hablen sobre lo que sienten al estar en línea.

No se trata de volver al pasado ni de negar la tecnología. Se trata de enseñar a usarla con criterio. De asegurarnos que, aunque estén conectados, no estén emocionalmente solos.

Porque más allá del Wi-Fi, lo que se necesita es presencia, conversación y alguien que los mire a los ojos… sin distracciones.

***
Estudiante de la Licenciatura en Comunicación Pública de la Universidad de Guadalajara, esta crónica se realizó en el marco de la asignatura de Géneros Periodísticos impartida por el profesor Darwin Franco.

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

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