Tarcisio Carmona: “Ahora estoy dentro del mundo, encarnado en él.” 

#Entrevista

Tras más de diez años de servicio a la Iglesia Católica como sacerdote, Tarcisio Carmona renunció al ministerio para formar una familia, sin saber que retomaría su vocación, reescribiendo así un camino casi imposible.

Por Paulina Miges / @pmiges (IG)

El sacerdote y escritor de 54 años, originario de San José del Rincón, Michoacán, Tarcisio Carmona, a pesar de haber dejado la Iglesia Católica Romana trece años atrás, hoy ejerce su vocación junto a su esposa y sus dos hijas en una comunidad ecuménica de Houston, Texas.

Ordenado sacerdote en Guadalajara en 1998, Tarcisio siempre supo que ayudar y servir estaría en sus planes, cosa que eventualmente influenciaría su sacerdocio. Su camino comenzó casi por casualidad cuando a los 15 años le extendieron la invitación a hacer una experiencia de seminario, y a pesar de que en su momento no lo pensó como algo definitivo, aquella oportunidad terminó por abrirle un horizonte que su entorno no ofrecía.

“Me atrajo mucho el usar los medios de comunicación como forma de evangelización. Era y sigue siendo muy fuerte la presencia de Paulinos en los medios impresos, y eso fue algo que siempre me gustó.”

Tarcisio es un hombre lleno de experiencia, algo notable en su mirada castaña. Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por el Instituto de Comunicación y Filosofía —del cual fue director—, Licenciado en Sagradas Escrituras por parte del Pontificio Instituto Bíblico de Roma, y es políglota. Ha escrito sinfín de libros —de los cuales no recibe regalías—, pero me sorprendió enterarme que un trabajo que lo entusiasmó en especial está presente en muchos hogares católicos hispanohablantes.

“Un proyecto que me apasionó mucho fue la traducción de una Biblia al español, la Biblia Pastoral, de color azul y que recientemente se está dando a conocer a nivel latinoamericano.”

A pesar de su tremendo éxito profesional —y digo tremendo porque llegó a formar parte del gobierno provincial de la Iglesia Católica—, en el año 2010 comenzó su proceso de discernimiento.

“No sobre mi vocación sacerdotal, porque siempre la he amado, sino sobre la forma en que la vivía dentro de la Iglesia Católica Romana, con el celibato y los votos religiosos: pobreza, castidad, obediencia. Empecé a descubrir que algo faltaba en mi persona.”

En ningún momento rompe el contacto visual. Aun así, no es complicado darse cuenta de que por más que pasen los años, ese cambio sigue afectándole en algunas maneras. No se encuentra incómodo en ningún momento —ni siquiera cuando le pregunto por el celibato y me cuenta como muchos sacerdotes niegan a sus hijos, ni cuando afirma que el matrimonio no puede resolver la fidelidad—, pero en ese momento hay un ligero cambio en su mirada.

Me menciona, sin ninguna desesperación en absoluto, que por más que hiciera las cosas lo mejor que podía, le era inconcebible llenar ese vacío que parecía persistir. Él quería formar una familia. Resulta clara la seguridad que existe en su persona para ser auténtico; en parte por la manera en la que habla, pero también por su postura firme al sentarse.

Me menciona que el cuestionamiento de no saber si quieres seguir en donde estás es humanamente natural, pero por más que suene cliché, no puedes quedarte en un lugar donde no seas feliz. Que así queden cicatrices, vale la pena. No es un hombre intimidante a pesar de ser alto, pero su presencia gentil, llena de confianza, acompaña el ritmo de la conversación.

“Una de las preguntas que yo me hacía era ¿cómo me veo después?, si sigo en este ritmo y sigo donde estoy. Y no me gustaba cómo me iba a ver.”

Mantiene esa confianza inquebrantable, como la de un niño, en que Dios es el que te pone en el lugar donde debes estar. Pese a eso, evita esa visión infantil, frecuente en muchos, de pedirle a Dios una señal. “Y ahí es cuando le pides a Dios una señal para convencerte. Pero no llegan las señales así; te toca a ti responder y arriesgar”, explica.

La decisión significó para él un quiebre en diversos aspectos, como comenzar desde cero en el mundo laboral, pero más que nada, los prejuicios sociales. Dentro de la propia congregación —donde se ve como una simple crisis—, e incluso con la familia cercana. Afirma que ha sido uno de los mayores obstáculos a los que se ha enfrentado en su trayectoria.

“Pasar y ver cómo murmuraban era más que nada una decepción. Escuchar o percibir que esperaban algo más de ti. El prejuicio religioso, el señalamiento de antes eras y ahora no eres, antes estabas y ahora no estás. Aunque sigo siendo el mismo, de pronto se siente un distanciamiento.”

El miedo y la responsabilidad que conlleva tomar una decisión de tal magnitud terminó por transformar su sacerdocio, el cual pensó había dejado atrás. Cuando se presentó la oportunidad de trabajar como sacerdote, estando casado, fue como ver una luz al final del camino. Su vocación se humanizó, en sus propias palabras. Me explica, con una voz mucho más tenue de lo normal —no creo que se percate de cómo siempre suaviza el tono cuando menciona a sus hijas y a su esposa— que no es que el sacerdote no sea humano, sino que, desde su formación, lo ponen en otro nivel.

“Lo malo es que a veces los sacerdotes nos la creemos. “Ustedes han sido sacados del mundo porque no son del mundo”, dice el texto de Juan. Te vas colocando en un nivel fuera del alcance de los demás, como si fueras inmortal.” 

Él dice que por más que se hable del amor, no se puede llegar a comprender completamente hasta que lo vives en carne propia. Explica que el ser papá y esposo ha enriquecido mucho su sacerdocio al entender de primera mano cómo se siente un padre de familia y las frustraciones que vienen con ello. “Antes era como si viviera a un nivel espiritual, apartado del mundo. Ahora estoy dentro del mundo, encarnado en él.”

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Esta entrevista fue elaborada en el marco del Laboratorio de Información, el cual es parte del proceso formativo de la Licenciatura en Periodismo y Comunicación Pública del ITESO.

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Somos un proyecto de periodismo documental y de investigación cuyo epicentro se encuentra en Guadalajara, Jalisco.

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