La ciudad que sigue

La Otra Historia

Por José Baroja /@jose_baroja y @laotrahistoriamx (IG)

“Ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence.”
Walter Benjamin

Este año publiqué dos cuentos que no pensé que tendrían tanto que ver entre sí. Cachitos apareció en abril en la revista Barbarie y No encontró nada, algunos meses después, en Carcaj. Uno ocurre en Guadalajara, en una esquina por la que he pasado muchas veces; el otro comienza dentro de un departamento, con un escritor muerto sobre una mesa y una amiga esperando junto a él. Los escribí separados y desde preocupaciones que entonces me parecían distintas. Después empecé a encontrar algo que los comunicaba y que probablemente estaba allí desde antes de que yo pudiera verlo: en ambos ocurre algo que debería interrumpir la normalidad y, sin embargo, eso que llamamos “normalidad” continúa.

Cachitos comienza en el cruce de Calzada Independencia Sur y avenida Juárez. Quienes vivimos en Guadalajara conocemos bien esa escena de la Calzada. Gente que sale del tren, alguien que intenta alcanzar el Macrobús, vendedores, personas que cruzan hacia San Juan de Dios. A ciertas horas uno no camina del todo: se deja llevar por los demás. En medio de ese movimiento hay un bulto cubierto por una frazada rosa que lleva dos días allí.

Cuando lo escribí, me interesaba menos saber qué había debajo de la frazada que entender por qué nadie se había detenido. O, mejor dicho, por qué detenerse resulta a veces tan difícil. La respuesta fácil habría sido la indiferencia, pero nunca me terminó de convencer como ejercicio narrativo. La gente tiene que llegar al trabajo; alguien lleva a un hijo a la escuela; otro sabe que si vuelve a retrasarse puede meterse en problemas. No hace falta imaginar una ciudad llena de personas crueles para que algo terrible permanezca a la vista de todos sin que nadie haga demasiado. En el cuento, por ejemplo, escribo acerca de una mujer que acaba de ser asaltada cerca de Mariano Otero y Periférico. Está llorando, pero una de sus preocupaciones es que llegará tarde y pueden despedirla. Me gusta esa escena porque resulta incómodamente realista en la ciudad donde vivo. Uno pensaría que después de un asalto el trabajo debería importar muy poco, pero para ella importa, y mucho. Reconozco en mi día a día violencias que caben perfectamente dentro de un día normal, al lado de otras preocupaciones que desde fuera parecen menores, pero que pueden decidir si alguien conserva el empleo o alcanza a pagar la renta ese mes. En otras palabras, la ciudad exige seguir avanzando y uno aprende a hacerlo. Podemos pasar frente a algo que debería detenernos mientras pensamos en la checada, en el camión que se fue o en cuánto queda para la quincena. Eso no nos convierte automáticamente en malas personas. Pero el conflicto está ahí: esa suma de razones comprensibles produce, vista desde fuera, algo bastante difícil de justificar: aquello que estaba ahí puede terminar dos días cubierto por una frazada y formar parte del paisaje.

En Cachitos nunca llamo cadáver a lo que está cubierto. Prefiero “bulto”. La palabra mantiene cierta distancia también para quien lee. Un bulto puede ser basura, ropa vieja, cualquier cosa abandonada en una esquina. Mientras siga siendo un bulto, todavía es posible pasar por al lado sin hacerse demasiadas preguntas. Me quedé pensando un buen rato en esa elección porque a veces las palabras protegen, aunque no necesariamente protegen a quien nombran. Una persona desaparece y entra a un registro; eventualmente aparece en una estadística. Todo eso es necesario; de otro modo sería imposible dimensionar el problema. Sin embargo, hay una parte de la experiencia que las cifras no pueden contener. Quince mil o dieciséis mil personas desaparecidas son números tan grandes que dejan de producir una imagen reconocible. La cabeza se defiende. Yo, al menos, siento que se defiende, y esa defensa puede convertirse muy fácilmente en distancia.

No encontró nada empieza de otra forma. Vicente está muerto casi desde la primera página. Abigail, su amiga, ha pasado varias horas junto a él y todavía conserva esa esperanza bastante absurda de que levante la cabeza y le diga que todo era una broma. Llegan los policías y después los paramédicos. Hacen preguntas. Abigail intenta reconstruir los últimos días mientras quienes la escuchan cumplen con una rutina que para ellos forma parte del trabajo y para ella acaba de partirle el día en dos. Vicente había hablado de la muerte; bebía demasiado; su relación con un tal Pedro se había acabado y para rematar había recibido una carta anónima en la que alguien le advertía que ciertas personas querían sacarlo de la universidad. Todo parece conducir al suicidio, hasta que la autopsia establece que murió por causas naturales. Me interesaba que ocurriera eso, que la medicina diera una respuesta y esa respuesta sirviera para muy poco. Sabemos cómo murió Vicente y seguimos sin saber demasiado de lo que le estaba pasando.

El cuento comienza con Montaigne y una frase que todavía me gusta: “La muerte no os concierne ni vivo ni muerto: vivo, porque sois; muerto porque ya no sois”. Cuando la elegí estaba pensando en Vicente, pero pronto terminé pensando bastante más en el personaje de Abigail, puesto que el problema con la muerte de los otros es que se acaba la posibilidad de preguntar. Puede uno llevar diez años sin hablar con alguien y conservar, aunque sea de manera absurda, la idea de que algún día habrá una conversación. Algún día preguntaré por qué; algún día le diré aquello: esa posibilidad permanece abierta mientras el otro está vivo. Empero, tarde o temprano se cierra y uno se queda con sus propias versiones, que, por cierto, nunca son demasiado confiables. La memoria se vuelve particularmente inteligente cuando ya conoce el final. Una frase que antes parecía insignificante comienza a sonar como despedida y recordamos que aquella semana estaba distinto. Reconstruimos una conversación buscando algo que seguramente no escuchamos cuando ocurrió. Uno sabe dónde termina la historia y empieza a corregir lo anterior para que llegue hasta allí. Es una mala costumbre que también tenemos como lectores.

Por eso me gustan tanto los muertos de Juan Rulfo. En Pedro Páramo siguen hablando y la muerte no consigue quitarles del todo la posibilidad de contar su propia versión. Comala murmura: Juan Preciado llega buscando a su padre y termina rodeado de voces que vienen de lugares donde normalmente ya no debería haber ninguna. Ese privilegio pertenece a la literatura. En la vida podemos volver a escuchar un audio o leer mensajes viejos, preguntar a otro qué pasó y revisar documentos, pero la conversación terminó. En cambio, en No encontró nada, Vicente había dicho que estaba escribiendo. Cuando se llevan el cuerpo, Abigail busca esas páginas, revisa el escritorio y el cuarto y no encuentra nada. En principio era solo eso: un manuscrito que no aparece. Con el tiempo empecé a pensar que Abigail busca algo más. Si encontrara esas páginas podría leerlas como explicación, incluso aunque no hubieran sido escritas para explicar absolutamente nada. Los textos de los muertos adquieren esa clase de autoridad. Una nota escrita dos días antes puede comenzar a parecernos una clave porque somos nosotros quienes necesitamos que lo sea.

Hay una frase del cuento a la que he regresado varias veces: “Los días siguientes, la universidad abrió igual a las ocho”. No estaba particularmente orgulloso de ella cuando la escribí; era una frase de paso. Ahora es una de las que más me interesan. Vicente cree que su vida se está desarmando, sospecha de sus compañeros y está convencido de que lo van a sacar de la universidad. Mientras tanto, la institución abre a las ocho. Hay clases, se prenden las luces de las oficinas y alguien toma café antes de entrar al salón. Así como en la Calzada, no hay maldad en eso y, por supuesto, sería imposible que una institución se detuviera cada vez que alguien que forma parte de ella atraviesa una tragedia. No obstante, algo ahí me incomoda. Al volver a leer Cachitos entendí que había escrito una escena parecida sin darme cuenta: el bulto permanece en la esquina y Guadalajara sigue funcionando. La gente pasa porque tiene que pasar. Es desde ahí que estos dos cuentos empiezan a tocar, para mí, el lugar donde escribo.

Vivo en Guadalajara. En Jalisco, el Registro Estatal de Personas Desaparecidas contabilizaba a finales de agosto más de dieciséis mil personas que seguían sin ser localizadas; el Registro Nacional registraba cerca de trece mil. Incluso las cifras difieren según el registro, algo que también habla de la dificultad para dimensionar el problema. Días antes, durante un foro realizado en el Congreso del Estado, se había hablado de “alrededor de dieciséis mil personas desaparecidas y no localizadas”. Escribo “dieciséis mil” y regreso al problema anterior. Cuesta imaginar dieciséis mil. Resulta mucho más fácil imaginar a un padre hablando de su hijo, una fotografía sostenida durante una marcha o una ficha que lleva meses pegada en el mismo poste.

En agosto, ZonaDocs publicó el testimonio de Armando Olmeda Gómez, padre de Roberto Carlos Olmeda, uno de los jóvenes desaparecidos en Lagos de Moreno en 2023. Hablaba de lo que han tenido que aprender las familias: procedimientos, formas de búsqueda, maneras de presionar a las autoridades. Otros familiares han contado que recorren anexos o buscan en las calles. Ninguna de esas personas debería haber tenido que adquirir esos conocimientos. Los aprendieron porque alguien falta y porque la espera, por sí sola, no devuelve a nadie. Ahí la palabra “buscar” adquiere un peso que me obliga también a medir lo que escribo. Abigail busca unas páginas sobre un escritorio; las familias buscadoras de Jalisco salen a buscar personas. Sería grotesco confundir ambas experiencias solo porque comparten un verbo. Vicente está muerto y Abigail lo sabe. Una familia que busca a una persona desaparecida no sabe eso y no tiene por qué aceptar una respuesta que nadie ha podido demostrar.

La escritora Sara Uribe trabaja precisamente esa suspensión en Antígona González. Tadeo falta y su hermana continúa buscándolo. El texto mantiene el nombre y la pregunta sin pretender que la literatura pueda sustituir aquello que corresponde a una investigación o a una búsqueda real. Esa frontera me importa cada vez más porque quienes escribimos podemos sentir la tentación de convertir el dolor ajeno en una imagen demasiado buena. Pasa. Una frase funciona, una metáfora parece perfecta y uno olvida que alguien tendrá que seguir viviendo dentro de esa historia después de que el texto termine. No quiero hacer eso con las desapariciones. Tampoco sería honesto situarme fuera y escribir sobre una ciudad indiferente como si yo no formara parte de ella. He pasado junto a fichas de búsqueda sin detenerme. He visto rostros pegados en postes mientras iba pensando en algo completamente trivial. Algunas veces los he leído y otras no. Eso me perturba bastante más que cualquier afirmación general sobre la indiferencia de la gente porque ya no me permite señalar cómodamente hacia afuera.

También en agosto, ZonaDocs publicó una crónica de una marcha por las personas desaparecidas en Guadalajara. Las familias avanzaban mientras otras personas corrían, paseaban en bicicleta o caminaban con sus perros. Dos formas de habitar la misma ciudad coincidían durante unos metros. Nadie estaba haciendo nada malo y justamente ahí está la dificultad. No podemos vivir detenidos todo el tiempo frente al dolor de los otros: debemos comprar comida, trabajar, recoger a alguien de la escuela. La vida exige esas cosas con una insistencia bastante vulgar. Cuando el horror permanece suficiente tiempo cerca de nosotros, sin embargo, aprendemos a incorporarlo al paisaje. Una ficha de búsqueda puede estar meses en una pared. Al principio uno ve el rostro; después puede terminar viendo solamente el papel. La costumbre trabaja así y por eso me preocupa más que la indiferencia entendida como defecto moral. No hace falta dejar de sentir de un día para otro. Basta con sentir un poco menos cada vez.

En Chile aprendí esa palabra —desaparecido— en otro tiempo y dentro de otra historia. Nací allá y para alguien de mi generación la pregunta “¿Dónde están?” nunca fue del todo abstracta. Estaba asociada a los detenidos desaparecidos durante la dictadura cívico-militar, a fotografías en blanco y negro que luchan por permanecer en la memoria y a familiares que siguieron preguntando muchos años después. La pregunta permaneció porque había algo que no aceptaban que el tiempo convirtiera en un asunto cerrado. Obviamente, no crecí pensando que esa palabra formaría parte también del paisaje de la ciudad donde viviría. Ahora la encuentro en Guadalajara. Está en los postes, en las noticias y en la Glorieta de las y los Desaparecidos. Aparece en publicaciones que circulan por redes y, demasiadas veces, en historias que están a muy poca distancia de cualquiera de nosotros. Una palabra que primero conocí vinculada a la memoria política de Chile forma parte ahora del presente del lugar desde donde escribo.

Chile y México no tienen la misma historia de desaparición y me parece importante no confundirlas. En Chile, la desaparición forzada quedó asociada de manera central a la violencia estatal durante la dictadura. En México el mapa es más difícil de encerrar en una explicación única y participan actores distintos, con responsabilidades también distintas. Lo que viajó conmigo fue la palabra y cierta desconfianza cuando alguien intenta dar por cerrado aquello que todavía tiene una familia preguntando.

No pienso que Cachitos sea un cuento sobre desapariciones. Tampoco escribí No encontró nada con esa intención y convertirlos ahora en eso sería tramposo. Cachitos habla de algo que permanece a la vista y poco a poco deja de ser visto. No encontró nada habla de la muerte y de lo poco que conocemos de los otros incluso cuando creemos conocerlos bastante. Al releerlos desde Guadalajara encuentro, eso sí, una preocupación que ya no puedo separar del lugar donde vivo: qué ocurre cuando la ausencia de alguien entra en la rutina de quienes no lo conocieron. La ciudad sigue y esto es una constatación antes que una acusación. Tiene que seguir. Guadalajara abrirá mañana aunque esta noche alguien no llegue a su casa. Los camiones circularán y las escuelas tendrán clases. Nos despertaremos pensando en nuestras propias preocupaciones, que son las únicas que conocemos desde dentro. Sin embargo, qué pasa como persona cuando esa continuidad empieza a parecernos prueba suficiente de que todo funciona.

En Jalisco hay familias que han tenido que aprender a buscar porque las instituciones no han conseguido darles una respuesta. Hay madres que salen al campo y después vuelven a casa. Personas que llevan años preguntando por alguien mientras el resto envejecemos alrededor de ellas. Todo eso ocurre en esta misma ciudad o a pocos kilómetros de ella, aunque durante buena parte del día podamos vivir sin pensarlo.

Hay un momento de Cachitos que ahora leo de otra manera. El bulto lleva allí demasiado tiempo, pero todos parecen tener una razón para no detenerse. Las razones, tomadas por separado, son comprensibles; juntas producen otra cosa. Esa distancia entre las decisiones individuales y aquello que terminamos construyendo entre todos es una de las cosas que todavía no termino de resolver. Aunque tampoco creo que la literatura pueda resolverla. Hace años desconfiaba menos de la frase según la cual escribir sirve para dar voz a quienes no la tienen. Ahora me parece bastante arrogante. La gente suele tener voz; el problema muchas veces es que no la escuchamos o que ciertas instituciones pueden darse el lujo de no hacerlo. Un cuento no busca a nadie y tampoco obliga a una fiscalía a trabajar mejor, aunque puede conseguir que alguien permanezca unos minutos frente a aquello de lo que normalmente se alejaría.

A mí me pasó con mis propios cuentos, lo que resulta un poco incómodo de admitir. Los escribí y meses después tuve que volver para descubrir que algunas imágenes seguían esperándome. En Cachitos llega la lluvia y no aparece una persona que venga a arreglar la escena. En No encontró nada, Abigail busca y no encuentra las páginas de Vicente. Las historias terminan porque los cuentos tienen que terminar en algún sitio. Afuera no funciona de la misma manera: una familia puede buscar durante años y levantarse al día siguiente para volver a hacerlo; puede cambiar el gobierno y pueden desaparecer las noticias de los periódicos. La ciudad puede acostumbrarse. Para quien busca, la pregunta continúa en presente.

Pienso otra vez en la frase de Vicente: la universidad abrió igual a las ocho. Me cuesta no llevarla conmigo cuando camino por Guadalajara, porque la ciudad también abre a las ocho y a veces seguimos caminando frente a cosas que deberían detenernos.

Si alguien quiere ahondar más en los cuentos que aquí menciono, las y los invito a visitar las revistas donde fueron publicados. Al final dejo también las fuentes periodísticas y documentales mencionadas a lo largo de este texto.

CUENTOS

“Cachitos”, Barbarie, 15 de abril de 2026. https://www.barbarie.lat/post/cachitos

“No encontró nada”, Carcaj, 4 de septiembre de 2026. https://carcaj.cl/no-encontro-nada/

FUENTES

Registro Estatal de Personas Desaparecidas de Jalisco. Versión pública y estadísticas. Datos actualizados al 31 de agosto de 2026. https://version-publica-repd.jalisco.gob.mx/estadisticas

Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas (RNPDNO). Comisión Nacional de Búsqueda. https://cnbreportadesaparecidos.segob.gob.mx/Default.aspx

Congreso del Estado de Jalisco. “Analizan desaparición forzada en Jalisco y exigen verdad, justicia y memoria”, 31 de agosto de 2026. https://congresojal.gob.mx/boletines/analizan-desaparici-n-forzada-en-jalisco-y-exigen-verdad-justicia-y-memoria

ZonaDocs. “Impunidad prevalece en desapariciones en México: 552 sentencias frente a más de 133 mil personas no localizadas”, 2 de septiembre de 2026. https://www.zonadocs.mx/2026/09/02/impunidad-prevalece-en-desapariciones-en-mexico/

Red Lupa / Instituto Mexicano de Derechos Humanos y Democracia. “¿Cuáles son los 100 municipios con más desapariciones de personas en México?”, actualización del 24 de agosto de 2026. https://imdhd.org/redlupa/informes-y-analisis/cuales-son-los-100-municipios-que-con-mas-desapariciones-de-personas-en-mexico/

ZonaDocs. “Familiares de desaparecidos exigen que buscar no sea una tarea que las familias deban aprender solas”, 23 de agosto de 2026. https://www.zonadocs.mx/2026/08/23/familiares-de-desaparecidos-exigen-que-buscar-no-sea-una-tarea-que-las-familias-deban-aprender-solas/

ZonaDocs. “En la ciudad de los que faltan, quienes les buscan marchan”, 30 de agosto de 2026. https://www.zonadocs.mx/2026/08/30/en-la-ciudad-de-los-que-faltan-quienes-les-buscan-marchan/

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