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A propósito del #MeTooJalisco

A propósito del #MeTooJalisco

Por Francisco Macías / Abogado y defensor de los derechos humanos 

Ilustración de portada: Hanna Barczyk /actividsta e ilustradora alemana.

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Vivimos tiempos en que la información y la realidad fluyen con mucha velocidad. Las encuestas, las denuncias en redes sociales sobre actos de violencia, los testimonios y los brutales e inhumanos feminicidios, divulgados profusamente en su mayoría como numerología, han terminado por tendernos una cama impermeabilizante que impide a los hombres mirarnos en el espejo de la violencia machista.

En ocasiones es necesario abrir los sentidos para darnos cuenta de ello. El hashtag es otro de los gritos que claman la justicia cotidiana que no ha llegado, que llama a estar del lado de todas las niñas y mujeres, sin escudarnos en una formalidad o institución desfigurada.

Una historia puede ayudar:

Ella era la asistente de uno de los altos funcionario de la dependencia que presuntamente tenía como misión defender los derechos humanos. El espacio de trabajo, su dinámica y su día a día parecían encubiertos en una normalidad que a la postre se revelaría como silencio cómplice.

Un compañero de oficina tenía la necesidad de leer pausadamente uno de tantos casos delicados que tiene en su escritorio, requería del silencio y de la pausa del ajetreo. Se enclaustró paradójicamente buscando desconexión y paz.

Un día escucha primero con duda y luego con enojo como ella se negaba de forma angustiosa a las proposiciones del “jefe”, quien le pedía de forma idiota le diera “un besito”, así en diminutivo, seguro porque la violencia se disuelve mejor minimizándola.

El compañero decidió entrar a la oficina principal y vio con estupor que la asistente se encontraba bloqueada físicamente entre el cuerpo del jefe, un muro y la puerta de ingreso; solo fue capaz de decirle a la secretaria que ya se fueran. Eso bastó para que el superior saliera del sitio, como ahora de forma simbólica se sale en las redes acogiéndose a una presunción de inocencia o a la exigencia de denuncias que no restauran en nada a aquellas que lo han sobrevivido.

Ella no quería denunciar, el compañero aprendió hasta ese momento que el silencio solo favorecería más la violencia, aunque logró que se escuchará a la afectada solo se logró darle seguridad a la compañera con un cambio de oficina por la incredulidad del “presidente”.

El jefe no fue reubicado, siguió saliendo en ruedas de prensa “defendiendo derechos”, continuó a cargo de grupos de mujeres, pero eso sí, cada vez que veía al compañero sabía que su violencia ya era conocida y que la resistencia fragmentaba su supuesto poder .

Es momento de reconocer nuestras conductas violentas como hombres y de decirles a todas ellas: sí te creo y cuentas conmigo.

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