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La determinación del lenguaje

La determinación del lenguaje

Columna Polígrafa

Por Alma Varela

¿Con qué frecuencia pensamos en las palabras que usamos para nombrar la realidad que nos circunda? ¿Nos detenemos a reflexionar sobre cómo determinan nuestra manera de entender el mundo? Con la aparición del lenguaje inclusivo, estas preguntas se vuelven necesarias porque es innegable que hay un segmento de mujeres que al usar las palabras no se ven del todo representadas en ellas; la propuesta desde luego, genera polémica. El uso del lenguaje en varias ocasiones se aleja de las convenciones de la lengua, pero la defensa apasionada de las normas no siempre surge en proporción con los agravios a las mismas y solo se activa cuando el lenguaje inclusivo hace su aparición. Vayamos un poco atrás, antes de que esas reglas existieran.

Los primeros atisbos de esto que llamamos español escrito surgieron en la primera mitad del siglo XI al norte de España. Las glosas emilianenses y silenses han permitido tener una idea aproximada de cómo se transcribió una lengua que aún no había sido fijada bajo sus propias normas, y se debatía entre mantener sus semejanzas con la lengua latina o sucumbir a la influencia de lenguas como el leonés, aragonés o el castellano. En aquellos siglos, lo mismo podía verse escrito muller o muger en lugar de nuestra palabra mujer; o ermano, yermano y germano como opciones al hoy hermano. Antonio Alatorre, en su obra Los 1001 años de la lengua española (1979), señala que el castellano “fue en verdad una cuña que escindió lo que había sido una masa bastante compacta de madera (materia) lingüística.” al referirse a su propagación/imposición como resultado de la reconquista del reino de Castilla.

El andar de la escritura en español comenzó en los monasterios, donde solo los hombres de la iglesia accedían a la alfabetización y con la venia de los monarcas fueron perfilando la escritura de las palabras al preferir unas formas sobre otras. Alfonso X de Castilla, el Sabio, fue de los primeros preocupados en fijar la escritura y con ese afán escribió y corrigió obras de su tiempo para hacer de la lengua castellana un idioma hecho y “derecho”. Sus elecciones tuvieron como criterio preponderante lo que él pensaba que era lo correcto; aunque el componente político seguía regulando algunas de sus determinaciones, señala Alatorre:

… la lengua castellana de Alfonso X es básicamente el castellano viejo de Burgos, hay en él ciertas “concesiones” a los usos de León y sobre todo de Toledo, donde se hallaba la corte. En León y Toledo, ciudades de castellanización reciente, debía ser malsonante todavía la terminación -illo en vez de -iello (castiello, siella) e hiriente la h de herir, hazer y hablar en vez de ferir, fazer y fablar. Por el “decoro” general de la lengua, que era lo que él buscaba, decidió cerrar la puerta a esos rasgos menos “derechos”.

Hoy sabemos que castillo terminó por imponerse sobre castiello, lo mismo que la h reemplazó a la f inicial de muchos vocablos. Lo que para los hablantes del castellano del siglo XIII era una incorrección, para nosotros es la norma.

En 1492, Antonio de Nebrija publicó las primeras normas de uso de la lengua escrita bajo el título de Gramática castellana. Después de Nebrija hubo varios intentos por fijar la escritura del castellano en términos de lo correcto; esa noción procedía de la visión particular de un autor que elegía qué pronunciación y usos consideraba los mejores. Es importante enfatizar que la escritura en esos días era privilegio y preocupación de pocos.

Fue hasta 1713 cuando finalmente apareció la Real Academia Española. En pleno Siglo de las Luces, el establecimiento y manejo de convenciones académicas se convirtió para la clase burguesa en un imperativo que había que cumplir a costa de lo que fuera, al menos en apariencia. Muchas personas invirtieron sus recursos para ser hombres de calidad, como les llama Molière en su obra El burgués gentilhombre, donde el protagonista Jourdain intenta ser culto de la noche a la mañana para conquistar a una marquesa. El dinero permitía diferenciar al pobre del rico; pero el ser culto permitía reconocer al nuevo rico del intelectual o del noble; el conocimiento entonces, se convirtió también en un recurso de discriminación.

En 1741 se publica la primera edición de la Ortographia española, y como se verá, el propio nombre de la obra ha sufrido transformaciones; las más recientes y dramáticas ocurrieron en 2009, cuando la Academia eliminó el acento gráfico de las palabras guion y solo. También facilitó la escritura, al dictar que el acento gráfico tampoco era necesario para los pronombres demostrativos como esta o este. No han faltado las voces de resistencia ante estas resoluciones, y a modo de protesta mantienen esas marcas gráficas en la escritura. Seguramente habrá quienes pasen por alto lo uno o lo otro sin que haya grandes discusiones.

Como alguien que se dedica al estudio de las letras, presenciar el fortalecimiento del lenguaje inclusivo fue retador, sobre todo porque es costumbre abrazar posturas sobre las que no necesariamente hemos reflexionado o siquiera pensado, entre otras razones, porque competen a nuestro ámbito de profesión y por eso es fácil creer que la verdad nos asiste inobjetablemente. Otros se oponen, no porque sean los mejores practicantes de la correcta escritura, sino porque esos cambios desestabilizan el orden social y los conciben como antinaturales.

Este largo y a la vez superficial recuento de la lengua española tiene como propósito compartir las siguientes ideas: 1. El español es correcto o incorrecto como una decisión; sus normas son invención y arbitrariedad social 2. En el principio, los pocos que tuvieron injerencia en esas normas fueron solo hombres, por eso, podríamos al menos considerar que tal vez Alfonso X o Antonio de Nebrija concibieron la rectitud de la lengua en función de su experiencia del mundo y las convenciones que aprendieron y promovieron. El lenguaje es un mecanismo de comunicación y codificación de la realidad inventado por los seres humanos, pero regulado desde la visión masculina y dominante. Quizá la discusión no debería ser sobre la pertinencia del porqué las cosas evolucionaron así, sino por qué es necesario cuestionar esa visión y hacer modificaciones. Reflexionar sobre el lenguaje puede ser un inicio 3. El acceso a la educación y el conocimiento fue y sigue siendo un privilegio, por ello es que ha funcionado como un recurso para marcar diferencias y dar lugar a la discriminación, muchas veces se usa la ortografía con ese propósito 4. La política y el lenguaje están relacionados; elegir entre una lengua o versiones de ella para dar identidad a un grupo no es del todo una elección ingenua, detrás de ella hay relaciones de dominación y poder que se han normalizado y por eso las perdemos de vista.

Antes de decantarnos por aceptar o rechazar los cambios que propone el lenguaje inclusivo, podemos dudar y practicar la apertura para analizar las raíces sociales de las normas de escritura; porque en ellas conviven un ideal de comunicación, pero también la discriminación y conservadurismo. La ortografía se ha ido convirtiendo en un divertimento y una obligación con la que gustosamente convivo en las aulas donde imparto clase, estoy convencida de que todos deben tener acceso a ellas y a cualquier conocimiento, pero lo más valioso es reflexionar a partir de lo aprendido para cuestionar creencias que nos separan o confrontan. Lo que podría decir a favor de las normas ortográficas y gramaticales es que cualquiera que sea la elección de una persona – escribir “bien” o escribir “mal”- deber ser primero eso, una elección derivada del acceso al conocimiento; de lo contrario las convenciones de la lengua seguirán operando como una imposición social que colabora a determinar una sola visión del mundo de quien las practica. En este trance, conviene saber que se puede cambiar de opinión, que las elecciones no tienen que ser para siempre, sobre todo si nuestras reconsideraciones tienen que ver con entender otras realidades y a quienes las viven.

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