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Un paso más hacia la libertad

Un paso más hacia la libertad

Bailar otorga libertad al cuerpo. Esta es la historia de diversas mujeres que encontraron en el baile una segunda oportunidad.

Por María Fernanda Lattuada/@MariferLattuada 

Valeria se encontraba sentada junto a sus cinco compañeras y un compañero en espera de que llegara su turno de presentar su coreografía. Algunas de ellas estaban cruzadas de piernas mientras que sus vestidos regionales y sus adornos coloridos se mezclaban entre sí: rojo, naranja, morado, verde, azul, rosa y un encaje blanco acompañaba el final de sus faldas.  

“Y con ustedes el equipo de ballet folklórico”, anunciaron en el micrófono. Ellas abrieron sus faldas, plantaron sus zapatillas y se congelaron con la mejor sonrisa posible. La música comenzó a sonar y, al ritmo del “Jarabe Tapatío”, sus tacones contra el suelo acabaron con el silencio.  

Las faldas oleaban entre sus brazos, desfilaban de un lado a otro con tal agilidad que los colores parecían fusionarse. La canción “Guadalajara” se mezclaba con los aplausos, chiflidos y porras que provenían del otro lado de la explanada donde también había un edificio beige y café, como los uniformes de todas las mujeres que disfrutaban el espectáculo. Los vestidos multicolores rompieron la rutina de colores neutros del reclusorio femenil de Puente Grande: las internas que bailaban alegraban a sus compañeras. 

Valeria narra que bailar la hace sentir libre a pesar de que los muros del reclusorio la delimitan desde hace un año y medio: “De bailar en el Degollado, ahora bailo en la cárcel, pero es muy chido”.

Sentada y de brazos cruzados sobre la mesa de plástico raspada donde apenas se leía la palabra “Coca Cola”, estaba Valeria. Después de bailar mantenía el cabello recogido con un moño rosa y verde, pero en lugar del vestido ya había recuperado la chamarra café y los pantalones caqui.

“Tengo 26 años y empecé a bailar a los ocho años […] y estoy aquí por circunstancias que… uno puede decir el lugar y el momento equivocado, de tomar conciencia de tus actividades o personas alrededor”, lamentaba sin dejar de sostener la mirada con unas pestañas largas que adornaban sus ojos maquillados.

En el Centro de Readaptación Femenil de Puente Grande en Jalisco, un equipo de seis mujeres privadas de la libertad se unió para formar el primer grupo de danza folklórica en un centro de justicia penal en todo México, el cual nació como iniciativa propia para un evento de las fiestas patrias del Centro.

“Fue algo muy inesperado, para el evento del 16 septiembre se nos pidió el apoyo. No nos lo esperábamos, de algo chiquito se tomó en serio como algo ya parte del Femenil […] Estamos muy orgullosas. Somos nosotras mismas, todo fue de nosotras, para nosotras, por nosotras”, recordaba Valeria con orgullo.

Ella se humedeció sus labios, miró hacia el frente a un punto perdido y contó:

“Bailar es muy nostálgico, pero a la vez es recordar tu esencia. […] Me siento muy orgullosa de poder compartirlo aquí con las chicas, compartir y enseñar de las experiencias de la vida”.

Actualmente, el Reclusorio Femenil se orienta por una política pública conocida como: “Segunda Oportunidad”, la cual busca que las mujeres privadas de su libertad se valoren como personas, además de brindarles herramientas para que tengan no sólo una mejor reinserción al salir, sino que al hacerlo esto también las redignifique.  

“Si bien, es cierto que se cometió un error, pero no por eso se ha acabado la vida, ya que hay oportunidad de rectificar, pero para eso necesitas perdonarte a ti mismo”, señaló Livier González, directora de Vinculación y Comunicación Social del Reclusorio. 

Para Valeria, el programa sí fue “una segunda oportunidad:

“Sabes que el día de mañana puedes reiniciar tu vida, retomarla con valores y compromisos […] yo pienso que nunca es tarde para volver a iniciar. Podemos retomar cultura y sobre todo tener seguridad en nosotras mismas (…)  El límite no existe. Entonces queremos invitar a la sociedad en que crea en nosotras, que confíe en nosotras y poder continuar con esto; por medio de donativos de cualquier tipo, de vestuarios, música, coreografías, todo es bienvenido y muy agradecido por nosotras”.  

En la opinión del Secretario de Seguridad de Jalisco, Juan Bosco Agustín Pacheco, a través de estas actividades, las mujeres privadas de la libertad han canalizado su energía de forma positiva para así: “llevar a cabo lo que se busca: una reinserción real para que puedan integrarse a su familia y a la sociedad”.  

Todo aquello que coarta la libertad de las mujeres 

Hasta el 2016, a nivel nacional, se registró un total de 188 mil 262 personas privadas de la libertad en los centros penitenciarios, de las cuales 95 por ciento eran hombres y el 5 por ciento mujeres, esto de acuerdo con la información recabada por el INEGI. 

Además, un informe realizado por la organización feminista EQUIS Justicia para las Mujeres señala que la mayoría de los crímenes realizados por las mujeres recluidas en México fueron motivados por una relación amorosa.  

La mayoría de ellas reportan una vida de violencia física o sexual y muchas señalan que fueron obligadas por sus parejas sentimentales a realizar actividades delictivas como: la venta de drogas. Incluso, la misma EQUIS Justicia junto con The Washington Office on Latin America aseguran que por estos delitos existen 3 mil 18 mujeres privadas de su libertad, mismas que fueron juzgadas más severamente que los hombres por cometer crímenes.

Sacar adelante a su familia ante la pobreza, es una de las principales razones que las lleva a delinquir.  

En México, la cantidad de instituciones carcelarias exclusivas para las mujeres es menor respecto a la de hombres: de un total de 418 centros de reclusión en el país, 10 de ellos son exclusivos para mujeres. Dos de éstos se ubican en Jalisco (Puente Grande y Puerto Vallarta).

Según el estudio Las cárceles de mujeres en México: espacios de opresión patriarcal realizado por Claudia Salinas Boldo, el perfil de una reclusa promedio es una adulta joven, casada o con una pareja, madre de tres hijos o más, nivel de educación básico y clase social baja.  

Así mismo, el estudio afirma que es fundamental considerar el contexto de la interna, sobre todo aquello vinculado a la violencia de género, elemento que hace que sean más propensas a cometer delitos diversos.  

Por otro lado, en el Informe Especial de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos sobre el Estado que guardan los Derechos Humanos de las mujeres internas en Centros de Reclusión de la República Mexicana, realizado en 2013, se advierte que existen deficiencias para llevar a cabo actividades educativas y las actividades deportivas si éstas no se programan correctamente al interior de los penales. Estas actividades, aseguran, son clave para la reinserción de todas las mujeres que, de por sí, ya experimentan situaciones más graves durante su encierro como el paulatino abandono que experimentan de sus familiares.

Bailar para Valeria implica un paso más hacia la libertad y de vuelta a su esencia como persona. A ella no le importa que hoy dé estos pasos desde la cárcel, ya que mientras ella pueda bailar y compartir su experiencia como bailarina con el resto de sus compañeras podrá olvidar, momentáneamente, todas aquellas violencias estructurales que hoy la tienen aquí. Además considera que a través del baile mañana podriatener una nueva oportunidad de vida.  Hoy bailar es lo que la hace sentir libre.

***

Aclaración puntual: Los nombres y rostros de las mujeres que conforman el ballet folklórico del Penal Femenil de Puente Grande fueron modificados por la seguridad de quienes lo integran. 

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