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Cuando los niños no están en casa

Cuando los niños no están en casa

Columna Maroma

Por Sergio Antonio Farias Muñoz, integrante de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

Ya van dos meses desde que el confinamiento por parte de las instituciones educativas inició, desde el lunes 16 de marzo las escuelas cerraron sus puertas, y los niños y niñas pasaron de las aulas de clases, a las salas y comedores de sus hogares, lugares en donde se comenzó hacer un nuevo espacio de interacción con las nuevas formas de aprendizaje: Videoconferencias, plataformas cargadas con tareas y padres fungiendo el papel de maestros.

Así fue como poco a poco las calles se comenzaron a quedar vacías, el tráfico de alguna manera disminuyo, los espacios públicos como parques, centros culturales, bibliotecas, fueron cerrados. Todos los espacios públicos donde la niñez habitaba, ya no lo fueron más, esta vez debían resguardarse en casa por la pandemia que acontece hasta el momento.

Diversas anécdotas se pueden escuchar entre los conocidos que tienen hijos y que platican como es que ellos, los padres, perciben el encierro de sus hijos. Que si les dejan mucha tarea, que si no están aprendiendo como deberían, que si va a ser necesario repetir el ciclo escolar. En fin, se escuchan toda una serie de voces que hablan de las inconformidades, y en efecto, no es para menos, el encierro nos tiene a todos y a todas, sin importar la edad, en un juego de angustias e incertidumbres, pero a pesar de ello, y más allá de las paredes que nos refugian, existen realidades, que se ven pero no se escuchan.

Hace unas semanas atrás salí a tomar el aire, estaba muy fastidiado y decidí sentarme sobre un banco debajo del marco de la puerta de mi casa. La calle, como era de suponerse estaba sola, se veía una que otra persona caminar por las aceras, al parecer solo salían a la tienda de la esquina pues solo se veía que iban y regresaban con bolsas. Ya después de unos minutos de estar contemplando el vecindario, un grupo de adolescentes caminaban por la calle, dieron varias vueltas por donde yo me ubicaba, hasta que después de un rato desaparecieron de la cuadra.

Quizás sería común ver niños y adolescentes en las calles aun en plena contingencia, después de todo son niños y adolescentes que pueden salir, sin embargo, los menores que vi, no estaban jugando o paseándose de un lado a otro, tampoco iban al mandado que les encargó su madre de la tienda. Sus apariencias no eran precisamente las más comunes, sus ropas estaban desgastadas y les quedaban holgadas, su aspecto físico era deplorable: enflaquecimiento, ojeras y suciedad, características que forman figuras, y figuras que complementan escenarios desfavorables, escenarios que se ven en las películas y series que están en boga. Estas figuras no eran sino niños en situación de calle, niños expuestos desde ya hace tiempo, privados de tener la posibilidad de resguardo.

Más allá de los riesgos a la salud a la que estos y otros tantos niños están expuestos, existe otro panorama ya latente ¿Qué pasa con estas niñeces y adolescencias que no están en casa y que al contrario, continúan en el mismo riesgo psicosocial estando a la deriva en las calles de la ciudad?

Son dos obstáculos los que permean en este fenómeno. Por un lado esta lo ya existente, la ya de por si permanencia de los menores en las calles repletas de un mundo de posibilidades perniciosas que muestran la hostilidad de la segregación social. Por otro lado—y con vinculación con la misma segregación—están las problemáticas de la salud en los menores por la exposición desmedida al virus actual.

Es cierto que la niñez en situación de calle no es cosa nueva, la vemos constantemente en los barrios, en las avenidas principales, en los restaurantes cuando salimos a comer y en distintos lugares en que permanecen, pero hoy encerrados en nuestras casas, pareciera que se nos olvidan estas situaciones con el fabuloso dicho “Quédate en casa” siendo que hay quienes carecen de una.

Se nos olvida que no todos los niños y niñas tienen las posibilidades de mantenerse en cuarentena, ni si quiera tener acceso a las medios virtuales de aprendizaje, porque ni siquiera lo tienen de manera presencial, entonces ¿Qué le espera a la niñez que convierte el espacio urbano en su casa? ¿Cómo se sobrevive a todas las situaciones de riesgo a la salud y de urgencia social?

La escuela paró y en cierta medida el mundo también lo hizo, pero la violencia sigue vigente, una violencia que no es fácil de ver y que no ha sido escuchada. Esta violencia que no tiene descanso ni vacaciones, no está de cuarentena, sigue a flote, se configura y se diversifica en formas tenues que embisten a las y los vulnerabilizados, los que siguen en la calle, los que no se resguardan, los que no pueden aplicar el “Quédate en casa”.

Columna de Maroma: Observatorio de Niñez y Juventud

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