Ni el coronavirus impidió la boda

22 mayo, 2020

La contingencia y el aislamiento social por la incidencia de COVID-19 modificó la vida y planes de muchas personas; algunas de ellas tuvieron que cambiar uno de los días más importantes de su vida porque en plena pandemia casarse era simplemente imposible.

Por Yohana Rodríguez / @YohanaRodz

Judith y Nivardo se casaron con todo e impedimento, lo que no ocurrió con muchas parejas que planearon casarse en la primavera del 2020.

Pero Judith no dejó ir la oportunidad. El 25 de abril, un templo católico los recibió a escondidas y el padre les dio la bendición para que pudieran estar casados “como Dios manda”, y así fue como ella no tomó un no por respuesta, aunque sus amigos, familiares y el gobierno recomendaron lo contrario, se casó.

Lo hizo en medio de una pandemia que en el mundo ha dejado a más de cuatro millones de habitantes contagiados y, lamentablemente, ha quitado la vida a más de 318 mil. En México, no es la excepción; aquí el coronavirus ha infectado a más de 56 mil personas, esto hasta el 21 de mayo.

Judith Mendoza había organizado su boda a mediados de febrero desde que se enteró que estaba embarazada. Quería casarse con su novio porque no soporta la idea de estar juntos en un mismo departamento esperando el parto, sin el permiso de Dios.

Por eso, decidió que la boda no se suspendería, ya que pensaba que Dios debería verlos otro día sin un anillo en el dedo anular y, menos, con un bebé en camino.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México se realizan 558 mil bodas cada año, aproximadamente. En la página bodas de ZankYou, según los expertos del portal, dicen que de febrero al mes de abril son los mejores meses para casarse. Una lástima que las novias ahora tendrán que hacerlo en verano, de seguro con bochornos y días lluviosos.

Judith fue a la sastrería una semana antes de la boda. La esperaba Fernando Díaz, un sastre con cuerpo de panadero y modos de médico amenazado ante una pandemia: “Nada de manos”, “Ponte gel antes de pasar”, “Yo te abro la puerta con mis guantes, para que no la toques”, decía cada cinco minutos como un maniático de la limpieza.

Hace apenas un sexenio, hizo el vestido de XV años de Judith, pero ahora, él debía hornear su vestido de novia.

En la sastrería del barrio de Santa Tere en Guadalajara; la prenda estaba sola en un armario vacío, pues el resto de sus pedidos no los terminará hasta julio

El vestido fue el tradicional blanco con un frente un poco escotado de encaje, ceñido de la cintura para marcar lo poco que aún tiene y ampón de la falda, como una princesa.

El vestido fue un poco revelador, pero a la vez discreto. Llevaba una cola de dos metros. Era un vestido lleno de capas de tul, tanto así que podrías caerte sobre él y sentir ligera la caída al piso.

Ese día se lo entregó en aquella pequeña habitación de paredes amarillentas con un sólo banco, frente un espejo sencillo.A Judith le interesa verse como una novia sin embarazo. No lo logró, pero ella se sintió guapa.

Judith y Nivardo.

Un día antes de la boda había surgido un problema: alguien la quiere impedir.

El mismísimo templo María Madre de Cristo llamó a la novia para decirle que alguien soltó el chisme de que iban a invitar a más de 20 personas al sacramento. Al parecer, los invitados no combinaban ni con el templo ni con los tiempos.

Ya para entonces, las reuniones de más de 50 personas estaban prohibidas, esto según las medidas dictadas por el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro. Ante todo se debía de mantener una sana distancia para evitar contagios. Los invitados a la boda no eran 20, sino 18. 

Tomó su computadora y posteó en Facebook: “Comunicándose a amigos y familiares que la boda se suspende por cuestiones extraordinarias, hasta nuevo aviso”. Mintió. No quería a la policía escoltando su brazo yendo al altar el día de su boda. 

La Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) dijo que hasta mediados de abril había tenido que asesorar a 86 novias y quinceañeras que se quedaron: “plantadas” y “vestidas y alborotadas”, por los proveedores de servicios que habían contratado para sus ceremonias no les cumplieron; sin embargo, Judith despertó aquel 25 de abril y dijo: “hoy sí me caso”. 

La misa estaba a media hora de iniciar. La novia pasó la mañana en el estudio de la maquillista, Mariana Sincel: “me encanta porque es como un estudio, te sientes como actriz que saldrá para estar en vivo”.

Judith ya estaba arreglada y con su vestido puesto esperando la indicación de salir corriendo para entrar al templo. No quería ser vista por los que estaban en la calle. 

Su papá le dijo al sacerdote que ya estaban listos; así que el padre tenía la misión de cerrar las puertas de la iglesia detrás de ellos.

Los invitados lucieron vestidos de diseñador y trajes de gala, pero junto con un pequeño y gran detalle: el cubrebocas; excepto la familia de la novia.

Los músicos estaban apartados de los presentes, dos sacerdotes oficiaron la misa junto con los novios; los fotógrafos se acomodaron alrededor del altar. Cuando inició la ceremonia, la medida del cubrebocas se olvidó, muchos se lo quitaron y el padre inició la misa. “Cruz, cruz, cruz, que se vaya el coronavirus y venga Jesús”, pensaron algunos. 

De tener un salón de eventos enorme con jardines amplios, una alberca, una pequeña cabaña para los invitados y un dj que tocaría en la fiesta, todo pasó a ser una cena en la terraza de su casa con Spotify Premium y canciones al gusto del padre de Judith. 

En lugar de una pista con luces, los novios bailaron su vals en un pequeño espacio de jardín. Susana distancia fue invitada a otra fiesta, ya que aquí los novios estaban totalmente abrazados, su vals fue muy íntimo por el poco espacio libre entre todos los invitados.

“Entre menos burros más olotes”, la mamá de Nivardo decidió que ella cocinaría. Los papás de Judith pusieron la casa y los adornos. Los novios, eso sí, se ahorraron una feria, ya que sólo se gastó en el templo, los músicos, los fotógrafos, el vestido, maquillaje y peinado, los cubiertos rentados y algunos detalles; aproximadamente, unos 20 mil pesos, una quinta parte de lo que iba a costar la boda sin coronavirus.

El padre que los casó montó una linda ceremonia, y eso que no era el padre original que querían que los casara. La ceremonia no se pudo hacer pública. El hermano de Judith no asistió, pero a la novia nadie le iba a decir que no.

Ningún problema fue suficiente para impedir la boda: “los otros me decían que eran señales para que no me casara, yo las vi como pruebas que tenía que pasar para poder llegar a la meta que era casarme”, dijo Judith en el brindis.

En plena pandemia 2020, al parecer, se hizo la voluntad de Dios y la de Judith.

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