Menú

Lucina y Aristeo: los guerreros más grandes que conozco

Lucina y Aristeo: los guerreros más grandes que conozco

En ZonaDocs creemos que el periodismo es y debe ser un acto de memoria; por ello, este es el cuarto perfil del proyecto “COVID-19: Historias de vida y memoria”, donde se da rostro y vida a cada una de las personas que, lamentablemente, perdieron la vida a causa del COVID-19, enfermedad que causa el coronavirus.

Esta es la historia de Lucina y Aristeo: Luchadores incansables, apasionados por su amor y su familia. Les demostraron a todos lo que es ser un guerrero: luchar hasta el último segundo de tu vida.

Su historia es narrada por su hijo Alejandro Ramírez.

Por Eric Sandoval / @eric20san

***

En nuestra vida pasan una gran cantidad de personas legendarias. Superhéroes. Luchadores. Guerreros. Los vemos por la televisión, por las revistas y los libros, aunque no sabemos qué significa exactamente ser uno de ellos. `Aris´ y `Luci´ demostraron qué significa serlo. La lucha fue el símbolo de su vida, esa fue la herencia que le dejaron a su familia. Salir de un origen marginado, hacer una gran familia y así cumplir su sueño. Y finalmente, luchar contra el coronavirus que tiene al mundo destrozado, hasta el último segundo de sus vidas. 

Lucina González Lucio, mujer de lucha y madre de vocación. Nació en Villa Tezontepec, Hidalgo junto a diez hermanos. Al igual que el 26 por ciento de mexicanos hoy en día, Lucina y su familia crecieron con la carencia de servicios básicos. Sin agua potable, luz, drenaje y con suelo de tierra. Así lo describe su hijo Alejandro, el más pequeño.

“Mi madre se dedicó al hogar siempre, nos sacó adelante a tres hijos: Arturo, Patricia y a mí (Alejandro). Los nietos pasaron por sus manos, los bisnietos también. Antes de que surgiera esta enfermedad, mis sobrinos después de la escuela iban a comer a casa de los bisabuelos. Yo creo que mi mamá, por todas las carencias que tuvo, le provocaron ese ímpetu y esa lucha por querer tener todo lo que ella no había tenido”.

La vida de Lucina cambió cuando su hermana mayor la llevó a la Ciudad de México (CDMX) para trabajar en una fábrica de ropa, la etapa de su vida donde conoció al amor de su vida, Aristeo.

Aristeo Ramírez Vargas, trabajador dedicado, padre de familia ejemplar y amante de los autos Volkswagen. Nació en Cahuacán, Estado de México. Aristeo fue hijo único, y creció con la ausencia de su padre. Su madre, lo crió con cariño hasta que falleció. Con 15 años y una vida por delante, Aristeo fue apoyado por su padrino, quien lo invitó a vivir y trabajar en la CDMX, donde encontró un trabajo en la Planta de Asfalto y le dedicó 48 años de su vida.

“Mi padre se crió a base de esfuerzo y de lucha. Su vida fue una lucha constante, de no dejarse vencer, desde niño. Mi padre y mi madre tuvieron una infancia difícil, tuvieron un origen difícil. Nacieron en hogares muy humildes, y al final su origen no fue su destino, su destino fue sacar adelante, tanto a sus hijos como a nietos y a bisnietos, y darles la fuerza que hoy nos está ayudando”, cuenta Alejandro. 

Con ambos en la CDMX, sólo faltaba la persona culpable de que Luci y Aris, como todos les decían, se conocieran y formaran su más grande legado, su familia. Las versiones sobre cómo se conocieron están dispersas; sin embargo, la visión que predomina es una amiga de Luci, en la fábrica de ropa, se casó con un primo de Aris, quienes los presentaron a ambos.

Lucila y Aristeo cuando jóvenes (Fotos: Cortesía Familia Ramírez González).

Un Volkswagen 68´, es el primer auto de Aristeo que Alejandro recuerda, aunque el primer auto que tuvo Aristeo fue un Ford Victoria 57´, justo antes ser leal a Volkswagen: “La pasión de mi papá eran los autos. Desde que me acuerdo, siempre tuvo un auto”. Después vino un Brasilia, con su característico frente que terminaba en punta; luego el mítico Caribe, con una parte trasera compacta y chato por el frente; después llegó el Atlantic, un parteaguas para que llegara el Jetta, uno de los autos más emblemáticos de la marca alemana, y que Aristeo no se podía dar el lujo de no tenerlo. Sin embargo, el automóvil que más significó para Aris, fue su último carro, una camioneta Tiguan.

“Este auto le fascinaba por todo lo que representaba, tanto en lo económico, como en el esfuerzo que hizo para comprarse eso. Cada que la veo me recuerda a mi padre”, dice Alejandro.

Patricia, Arturo y Alejandro, sus hijos. Sus seis nietos y tres bisnietos, eran la pasión más grande de Lucina, su familia. “¿Ya comiste?, ¿Quieres comer?”, le decía Luci a cualquier miembro de su familia que cruzara la puerta de su casa. Lucina fue la base de la familia Ramírez González. Cuando Aristeo trabajaba por horas y horas, Luci se encargó de educar y criar a sus hijos con amor, cariño y esfuerzo.

En su primer año de primaria, cuenta Alejandro, su maestra “lo traía a palos”, siempre tenía algo negativo en su tarea o en su comportamiento. Al platicarle a su madre, Luci le dijo que ella después de dejarlo en la escuela, también volvería para estar ahí durante el recreo y estar al pendiente de él. 

Eso llenó de confianza al pequeño Alejandro, quien nunca se percató si su madre lo hacía o no. Hoy, décadas después, Patricia le hizo saber a Alejandro que su mamá siempre estuvo ahí cuando él jugaba con sus amigos en el recreo. Hoy Alejandro sabe que nunca estuvo solo.

Aris, nunca tuvo queja alguna en la Planta de Asfalto del entonces Distrito Federal -hoy CDMX-, cuenta Alejandro. Durante 48 años asistió a trabajar desde la una de la tarde hasta las diez de la noche. 

“Era una persona bastante sana, pocas veces se enfermaba”, apunta Alejandro. Después de un accidente que le dejó una lesión de cadera hace 8 años, Aristeo se encontraba en trámites de jubilación. “Se fue sin entregar ese último papel”, dice Alejandro.

 Fotos de Aristeo y Lucila junto con sus hijos (Fotos: Cortesía Familia Ramírez González).

***

Lucina fue la primera en sentir molestias en la garganta, antes de la semana santa, recuerda Alejandro. La llevaron con el doctor y le diagnosticó un simple dolor de garganta, por lo que le recetó un antibiótico. 

Al siguiente día, Lucina comenzó a tener dificultades para respirar y alta temperatura, lo que elevó la preocupación de su hija Patricia, y decidió consultar con otra doctora. Al recibirlas, la doctora Dannyana colocó cubrebocas a Aristeo, Patricia y Lucina, quien ya presentaba una oxigenación en la sangre de 84 por ciento. Esta doctora les recomendó a una colega en el Hospital Ángeles Acoxpa. 

Una vez revisada en el hospital, la doctora les mencionó a Patricia y Aristeo que había una gran posibilidad de que lo que tenía Lucina fuera COVID-19, y procedieron a hacerle una prueba a los tres, ya que al vivir juntos, la posibilidad de estar contagiados del virus, eran altas.

Luci se quedó internada tres días en el hospital a la espera de los resultados de la prueba. El Hospital Ángeles solicitó a la familia una cantidad alta de dinero para poder atender a Lucina sólo durante tres días de espera. Al tercer día, el resultado arrojó un positivo por el nuevo coronavirus.

“Ya estaba causando los estragos en mi madre, quien tenía diabetes, tenía 85 años, pero era una persona sana, bajaba todos los días cuatro pisos para ir al mercado, aún hacía todas sus actividades ella sola”, relata Alejandro.

Al conocer la situación de Luci, la doctora le sugirió a la familia que si no contaban con el dinero, la llevaran a un hospital público, ya que, recuerda Alejandro, cada noche en el hospital costaba entre 45 mil y 48 mil pesos. “Nos dijo que estaba empeorando, que si le tenían que poner el ventilador, ya no la podríamos sacar”, dice Alejandro.

Alejandro recuerda haber visto al Secretario de Marina, José Rafael Ojeda, hablando sobre la disponibilidad de camas que tenían durante la conferencia mañanera del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Ante esta noticia, la familia de Luci decidió contratar una ambulancia de condiciones especiales para atender a pacientes con COVID-19, y así poder llevar a su madre del Hospital Ángeles Acoxpa al Hospital de la Secretaría de Marina. 

“Esa parte nunca la voy a olvidar porque mi mamá aún estaba estable. Mi hermana le gritó a mi mamá y nos alcanzó a escuchar y levantó su mano, yo también le levanté mi mano. Era la despedida sin saberlo”, cuenta Alejandro, sobre cómo se despidieron de su madre antes de que ella entrara a la ambulancia.

Al llegar, elementos de Marina le mencionaron a la familia que el hospital no estaba abierto al público en general, lo que provocó incertidumbre en la familia porque Luci esperaba en la ambulancia. Después de 30 minutos de diálogo entre las autoridades y la familia Ramírez González, los marinos les comunicaron que revisarían a Lucina y le buscarían espacio en algún otro hospital público. 

Después de cuatro horas de búsqueda, no hubo espacio. La Secretaría de Marina decidió recibir a Lucina para su tratamiento de COVID-19. Le dijeron a la familia que se fueran y les llamarían con noticias.

Al día siguiente, la Secretaría de Marina se comunicó con la familia para hacerles saber que Lucina ya tenía un respirador.

“Mi mamá luchó 32 días con un respirador, y vuelvo a agradecer a la Secretaría de Marina. Mi mamá tuvo el respirador hasta su último día. Mi mamá falleció el 5 de mayo, a las 12:40. Hasta ese día mi mamá tuvo el respirador. Mi mamá luchó 32 días. Seguimos pensando que luchó hasta el último minuto”, comenta Alejandro.

Cuando Alejandro fue a reconocer el cuerpo de su madre, tenía el miedo de que su cuerpo estuviera muy afectado por la enfermedad; sin embargo, su madre lucía como la última vez que la vio. Eso reconfortó a Alejandro, y para él, es un símbolo de que su madre luchó con todas sus fuerzas contra el virus.

A los cinco días de que Lucina diera positivo por COVID-19, Aristeo también lo hizo.

Aristeo y Lucina (Fotos: Cortesía Familia Ramírez González).

“Mi padre enfermó muy leve, él era extremadamente sano, no tenía ninguna enfermedad. Lo llevamos a un hospital particular, no era de primer nivel como el de mi mamá, pero también estuvo muy bien atendido. Tuvimos buena fortuna de que su médica es una excelente doctora”, dice Alejandro.

Después de siete días en el hospital, los pulmones de Aristeo comenzaron a desinflamarse, Aristeo estaba venciendo la enfermedad y lo dieron de alta. Cinco días de mejoría mientras estaba en casa, poca, pero mejoraba, menciona Alejandro, quien se ofreció a cuidar a su papá en su casa.

“Venía muy delgado, venía sin nada de fuerza y nosotros vivíamos en un cuarto piso. Yo traté de cargar a mi papá, pero también él se me ponía muy rígido y ya no quise intentarlo para que no me fuera a caer. Mi papá subió tres pisos con 14 escaleras cada piso, y vi el esfuerzo que hizo. Subió la escaleras como en media hora, se recargó en mi hombro y subió”, relata Alejandro.

A pesar de que Aristeo luchaba cada día, la enfermedad lo trataba muy mal. Diarrea, hipo, falta de fuerza, eran las cosas que más lo molestaba para estar tranquilo.

“Yo le comentaba que cada que tomas agua, cada que tomas sus pastillas, cada que comes, cada que duermes, estás combatiendo la enfermedad, estás luchando, haz el esfuerzo, estás aquí, puedes hacerlo. Fue una lucha diaria de cada minuto. Yo a veces creía que mi papá no me escuchaba cada que le mencionaba que luchara”, recuerda Alejandro.

Al quinto día en casa, Aris comenzó a empeorar, dolor en el pecho, baja oxigenación en la sangre, problemas para dormir. “Estoy luchando hijo, como lo habíamos platicado, como tú me lo habías dicho, estoy luchando”, le dijo Aristeo a Alejandro.

Alejandro entendió que su padre siempre lo escuchó.

Aristeo Ramírez ya se encontraba muy mal, y la doctora le dijo a Alejandro mediante un mensaje que llamara una ambulancia. Los paramédicos se comunicaron mediante videollamada con Alejandro para valorar a Aris, después llegó un paramédico en moto para atenderlo. Cuando Alejandro quiso tomar la oxigenación de la sangre de Aris, no pudo, estaba demasiado frío. “Mi padre ya estaba muriendo”, dice Alejandro. Calentó el dedo de su padre por indicación del paramédico, y Aristeo ya oxigenaba al 56 por ciento. 

El paramédico pidió la ambulancia. Sin embargo, en su desesperación, Alejandro le solicitó que lo ayudara a bajar a su padre hacia su camioneta porque no sabían cuánto tardaría la ambulancia. 

Como un foco encendido se va apagando poco poco, segundo a segundo, así recuerda Alejandro ver morir a su padre cuando lo puso en una silla para bajarlo.

“Vi a mi papá en la silla, murió tranquilo, y lo único que le dije es que se fuera tranquilo, que tuviera un buen viaje, que fuera con Dios y que estaba orgulloso de él”, relata Alejandro.

Cuando Alejandro cargó a su padre para que descansara tranquilo en su cama, no sabe qué pasó, pero Aristeo volvió a respirar. Alejandro lleno de adrenalina, les gritó desde la ventana a los paramédicos de la ambulancia que ya se estaban retirando: !Mi papá todavía está respirando! ¡Regresó mi papá!. Al subir los paramédicos, le dijeron a Alejandro que ya no tenía sentido, que su padre iba a morir: “Esta ambulancia puede servirle a alguien más”, le dijeron los paramédicos. 

“Yo agarro la mano de mi papá para comprobar que estaba respirando, y mi papá me estaba apretando. Levanté la mano para decirle: mira. Yo en la desesperación no entendía, pero mi papá me estaba queriendo decir que ya no hablara, que quería morir en su casa, en paz en su cama. Mi papá me volvió a apretar fuerte, no me soltaba”, cuenta Alejandro.

Aristeo falleció el 28 de abril a las 11:20 horas.

Aristeo y Lucina (Fotos: Cortesía Familia Ramírez González).

“Mi papá y mi mamá no se despidieron de toda su familia como debía de ser. Eso es lo más doloroso de esta enfermedad, que se van solos. Mi papá tuvo la fortuna de no morir sólo. La doctora me dijo que Dios le había dado la oportunidad, que le había abierto la ventana para que muriera en su casa. Esta enfermedad es muy agresiva para la gente adulta. Es extremadamente doloroso ver morir a tu padre, y que no se despidan de él”.

“Hoy quisiera que alguien más lo supiera, que no quede en el olvido, que no sea una cifra engañosa. No importa si son 10 mil, 20 mil, 30 mil. Uno. Hay una historia detrás de toda la gente que se fue. Hay una vida atrás”, finaliza Alejandro.

Lucina y Aristeo dejaron un legado en su familia que nadie podrá olvidar, pero la lección más importante que aprendieron sus hijos fue nunca dejarse vencer, luchar hasta el final. 

Ser un guerrero, como ellos.

***

En memoria de Luci y Aris.

Con cariño: Patricia, Arturo, Alejandro, Verónica, Hugo, Gustavo, Kelly, Vianey, Fabiola, Arturo, Verónica, Diego, Abril, Romina, Sofía y Constanza.

1 comentario

  1. José arturo Ramirez González

    Gracias por su espacio periodístico, agradezco infinitamente sus reportajes de la gente que a sufrido pérdidas por covid.

    Responder

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *