Mi vacuna

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Luego de cuatro días, me atrevo a afirmar que la tecla F5 ha desplazado a la barra espaciadora como una de las teclas más oprimidas en todos los teclados mexicanos. No es para menos: desde que se anunció la plataforma para registrar a los adultos mayores en la fila para recibir la vacuna contra la covid-19, hemos oprimido esa tecla una y otra vez para refrescar nuestro navegador, aprovechar un resquicio y lograr meter a la lista a nuestros familiares.

Puede ser muy aventurado, pero me atrevo a decir que hasta el martes por la mañana muchos no sabían para qué servía esa tecla, mucho menos que se puede combinar con ctrl para limpiar los cachés del navegador. También descubrieron que había más posibilidades si entre cada intento se borraban las cookies. En fin, que a lo largo de esta semana las peripecias para completar el formulario del Gobierno Federal se han contado por montones, aunque al parecer ayer por la tarde-noche los registros habían logrado un ritmo más eficiente —y casi al tiempo que tecleo esto veo que hay personas que siguen batallando; supongo que cada quién ha de hablar de la feria del registro según le haya ido en ella.

Como era de esperarse, la decisión del Gobierno Federal de lanzar una plataforma para registrar a los adultos mayores dividió las opiniones —aquí bien cabe la pregunta: en estos tiempos, ¿qué no nos divide? Por una parte, muchos vieron en la medida una muestra de la democracia, pues ponía un “piso parejo” para todos. En el otro lado, la brecha digital sonreía mientras se ensanchaba. ¿Quién pude ver un piso parejo en el que ya no digamos los adultos mayores, sino buena parte de la población no tiene internet, o no tiene computadora, o no tiene las habilidades para registrarse —o la paciencia y el tiempo para estar todo el día aplastado apretando F5?

A lo largo de estas jornadas también hubo quién se tomó el tiempo de revisar el desarrollo de un sitio que resultó estar hecho con las patas y que por eso colapsó. (Me llama la atención, por decirlo de algún modo, que la gente se haya mostrado tan impaciente con un sitio que evidentemente iba a quedar rebasado, pero antes no tenían empacho en estar cazando boletos en Ticketmaster o en una aerolínea buscando descuentos con paciencia monacal. En fin.)

En estos días también fue posible ver a los que cuestionaron que las vacunas existan, o hayan sido compradas por el gobierno, mientras para otros el sólo hecho de poder registrar a sus familiares era visto como una luz al final del túnel de esta cuarentena que ya está cerca de completar los 365 días —en Jalisco nos dijeron que nomás teníamos que guardarnos cinco…

El tema de la brecha digital, que no es menor, se ve agravado por otra brecha todavía más profunda y difícil de cerrar: la brecha educativa. Desde hace décadas las políticas educativas en México han dejado de lado la formación en la ciencia, amén de los recortes presupuestales en el desarrollo y la divulgación científica. En los tiempos de la infodemia —como se ha dado a llamar a la sobreabundancia de información no necesariamente verídica que nos bombardea por todas partes—, este desdén por la ciencia se convierte en un caldo de cultivo: somos, en mayor o menor medida, una población que no sólo no entiende, sino que no quiere y ni siquiera le interesa, entender cuestiones que en estos tiempos tienen una importancia vital, literalmente. Un ejemplo muy sencillo: nos gusta automedicarnos, aunque muchas veces no distinguimos entre un antiviral y un antibiótico. Tan es así, que fue necesario que se prohibiera la venta sin receta de los segundos.

Aunque no entendemos absolutamente nada del desarrollo de una vacuna, hay quien dice que no confía en la vacuna rusa porque… es rusa. Todos hemos visto las cadenas que van y vienen por WhatsApp: que si el G5, que si el chip, que si las alteraciones al ADN, que si el nuevo orden mundial, que el virus no existe, que nadie lo ha visto, que es una medida de control para reducir a la población… todos conocemos alguna de estas variables y, más grave todavía, todos conocemos a alguien que cree en ellas.

El desdén por la ciencia también tiene su contraparte: el repelús por la medicina alternativa. Paradójicamente, al tiempo que sentimos apatía por la ciencia también tenemos aversión por otras formas de atender nuestros cuerpos y nuestra mente. No: no voy a cometer la pendejada de afirmar que hay una gota de razón en lo que dijo Juan Cara de Bagre Sandoval Íñiguez sobre el coronavirus y el té de guayaba. Pero sí creo que hay formas integrales de atender la salud que involucran el desarrollo científico y los saberes tradicionales.

En fin, mientras los días siguen pasando y nosotros seguimos dando vueltas en círculo atrapados en las cifras maquilladas, las medidas contradictorias, los memes y las cadenas, no nos queda más que esperar a que llegue nuestra vacuna… si algún día llega.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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