La insoportable levedad del porvenir

Todo es lo que parece

Por Igor Israel González Aguirre / @i_gonzaleza

Desde finales del siglo XX he trabajado de cerca con amplios sectores de la juventud mexicana. Primero allá por las fronteras del norte, acompañando a los morros Kumiai y Cucapá durante los meses en los que, a lomo de caballo, hicimos múltiples recorridos por la sierra bajacaliforniana (yo involucrado con la cuestión ambiental; ellos reconociéndose en su territorio). Luego, del lado de acá, he compartido aula con las y los estudiantes (quienes por cierto, han sido mis mejores maestros y maestras); he caminado con la banda activista y contestataria en las protestas; he cotorreado con los compas tumbados de la 18 en las esquinas, donde no falta el peligro y la caguamita; he debatido en fancy restaurants con los sectores juveniles de distintos partidos políticos; he dialogado con primovotantes luego de su visita inicial a las urnas; he desayunado con juventudes empresarias en sus respectivas cámaras; me he quebrado en las avenidas platicando con la niñez que vive en la calle; he llorado y sufrido junto con los adolescentes en situación de cárcel en sus celdas… En fin, mucho o poco, pero hay un camino recorrido que permite contar con cierta perspectiva de largo aliento.

Traigo a colación el asunto porque en este trayecto he podido atestiguar el surgimiento (o la intensificación) de cuando menos dos tendencias que a estas alturas me resultan preocupantes porque ponen en riesgo tanto el presente como el porvenir. Esto es así porque dichas tendencias atraviesan prácticamente a todo el universo de lo juvenil (más allá de su estatus socioeconómico o su nivel educativo). ¿A qué me refiero?: 1. A un cambio en la noción de futuro, la cual aparece hoy como erosionada, es decir, que pierde cada vez más su peso y su densidad en tanto anclaje de las certezas; y 2. A un cambio fundamental en el imaginario que alimenta la arquitectura de las subjetividades juveniles, en cuyo centro se sitúa cada vez más la violencia. En lo que sigue trataré de explicarme.

En principio, ya he discutido aquí acerca de cómo estos aspectos constituyen un profundo problema de salud pública puesto que han mermado la esperanza de vida de este sector poblacional. No obstante, hay que señalar que las consecuencias de lo anterior son de más largo alcance. Aluden, por ejemplo, tanto al desfondamiento de la capacidad instituyente del Estado (1), como a la profunda crisis institucional que de ello se deriva. En este contexto, no hay que perder de vista que el Estado es la entidad que encarna, precisamente, el lazo social, es decir, aquello que nos mantiene unidos y unidas en torno a una comunidad. Cuando funciona, entonces produce institucionalidad. ; otorga una sensación de seguridad y atenúa las incertidumbres. En cambio, si el Estado se vuelve ineficaz en el plano simbólico (es decir, si sus discursos y sus actos dejan de interpelar, si pierden peso en tanto anclajes de la subjetividad), entonces se produce un vacío en el plano de lo social. Lo verdaderamente terrible es que este vacío suele ser llenado por instancias cuyas narrativas suelen ser más eficaces y poderosas. Es innegable que en nuestro país el crimen organizado se erige poco a poco como una de esas instancias. Dicho de otro modo: no es descabellado que el narcolenguaje tenga un fuerte componente político y que sea tan influyente en una sociedad como la nuestra (sobre esto hablaré en una próxima entrega). De ahí al abismo solo hay un pequeño paso. Ojo con esto.

Por otro lado, me queda claro que en los últimos años ha operado una transformación en el plano del ser joven en un país y en una entidad como la nuestra: lo que antes se presentaba como una ruta sólida (i. e. familia, escuela, trabajo) para ingresar en la adultez se ha vuelto un camino incierto, marcado por un porvenir que además es elusivo y se desvanece. La confianza en cualquier cimiento futuro devino así en una contingencia incesante atravesada por lo violento. Lo juvenil cada vez está más marcado por el miedo y la incertidumbre; por la ausencia de futuro. Ello al grado de que lo violento entre nosotras y nosotros suele normalizarse, invisibilizarse e, incluso, justificarse… En fin, poner atención en estas tendencias no es un asunto menor. Como decía antes: están en el centro mismo de la viabilidad del porvenir. Y la decisión en torno a hacer algo o permanecer en el pasmo es nuestra (¿realmente es nuestra?).

Válgame. Mejor pongo el punto final aquí, porque no quiero terminar esta entrega con un tono ominoso. Sé de cierto que dadas las circunstancias y condiciones actuales hay pocas razones para la esperanza. Y sin embargo, en cada charla que sostengo con las y los jóvenes me queda claro que a pesar de todo, ellos y ellas se mueven.

Sea pues.

(1) Desde luego, sobra decir que el Estado como tal no desaparece. Sería ingenuo afirmar algo así. Lo que pierde fuerza, por supuesto, es la potencia que éste solía tener en términos de la organización de las relaciones sociales. Esto ha producido vacíos fundamentales en el ensamblaje de lo social, los cuales poco a poco son llenados por entidades emergentes. Hay un desplazamiento de los núcleos de poder y de autoridad. Entre dichas entidades ocupa un lugar preponderante el discurso del narco; o mejor dicho, la narcopropaganda. En el extremo, la narrativa de estas entidades emergentes (i. e. el crimen organizado) suele tener mayor eficacia simbólica entre amplios sectores de la población (en comparación con la narrativa estatal) y se cuela como una posible vía para el desarrollo (de corto plazo y con uno de dos finales posibles: la cárcel o la muerte).

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Todo es lo que parece
Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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