¡Viva la familia!

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

Esta semana las noticias estuvieron marcadas por dos hechos que, al menos a mí, me hacen pensar que no todo está mal en Jalisco y, al mismo tiempo, todo está jodidísimamente mal.

Tomando como punto de partida que las malas noticias vuelan y las buenas andan apenas, arranco el sermón de esta semana con la que, estoy seguro, es una de las mejores noticias que hemos podido leer en mucho tiempo, a saber:

El día de ayer se dio a conocer de manera oficial la primera adopción legal por parte una familia homoparental —lesbomaternal, para ser todavía más precisos— en Jalisco. Muy abreviada, la historia es así: en 2015, un niño de apenas dos días de nacido fue abandonado y, al no haber familiares que lo reclamaran, fue llevado a un albergue. En 2018 es puesto a disposición de la Procuraduría de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes y dos años después se otorgó la tutela institucional, figura legal cuyo objetivo primordial es restituir el derecho de les menores a vivir en familia mediante la adopción.

En un punto de este proceso el niño conoció a Palmira y Gabriela, con quienes congenió muy bien. Ellas, por su parte, quisieron adoptarlo y realizaron el trámite correspondiente. Al no haber impedimento legal alguno, el 24 de mayo pasado un juzgado emitió sentencia favorable a la adopción y el pasado 13 de julio el pequeño fue registrado con los apellidos de su nueva familia.

Final feliz.

Son dos las prioridades que se cuidaron en todo este trayecto: el interés superior de la niñez y el derecho a vivir en una familia. Se dejaron de lado todo tipo de consideraciones morales o religiosas buscando poner por encima de ellas lo más importante: ahora el niño vivirá en el seno de una familia que le ama. Punto.

Por supuesto, la noticia no pasó de largo para les paladines de la mal llamada “familia natural”, que han puesto el grito en el cielo porque el pequeño no va a tener un papá, como si la presencia masculina en el hogar fuera garantía de algo; también hay quienes han señalado que el niño va a sufrir porque será víctima de burlas en la escuela por tener dos mamás; y no falta el que, con dedo flamígero, se atreve a afirmar que, al vivir en una familia lesbomaternal, el niño va a ser víctima de abuso sexual, como si las “familias naturales” estuvieran exentas de esa aberración por el mero hecho de estar integradas por un papá y una mamá.

Como señalaba hace unas semanas, creo que ya va siendo hora de que formemos a nuestros hijes en ambientes más sanos y abiertos a la diversidad. Sin duda es un tema complicado, pero lo es sólo en la medida que dejamos que nuestros prejuicios se impongan. Les niñes adoptados por familias homoparentales o lesbomaternales sólo serán víctimas de burlas y bullying en la medida en la que les adultes sigamos chingando con necedades moralinas que lo único que hacen es alimentar el odio y la homofobia. Si cada quien pone de su parte en sus respectivos ambientes para dejar de implantar estos prejuicios en las nuevas generaciones, será más fácil transitar a mejores sociedades.

Definitivamente siempre va a ser mejor que cualquier pequeñe crezca rodeado de amor y en un ambiente que le permita desarrollar todo su potencial, sin importar la preferencia sexual de les adultes a cargo. Y esto definitivamente no va a pasar en un albergue que, además, está sobrepoblado: para nadie es un secreto que los procesos de adopción son larguísimos, y está bien que así sea siempre y cuando esto se deba a que las autoridades están asegurándose de que se cumpla el interés superior de les menores. En todo caso, hay que ajustar los trámites para que sean más rápidos, eficaces y óptimos, de modo que más niñes puedan pronto recuperar uno de sus derechos más importantes: vivir en una familia. A la larga esto será benéfico también porque habrá menos niños en los albergues y será posible atenderles de mejor manera mientras se les restituye su derecho a vivir en una familia mediante la adopción.

Ojalá que este sea el primero de muchos pasos hacia adelante en una agenda de derechos que tiene muchos pendientes, entre ellos la legalización del aborto —tema en el que Veracruz nos acaba de rebasar mientras en Jalisco vamos retrasadísimos, pero esa es otra historia.

Aunque sin duda vendrán días difíciles y no el camino será complicado —pero díganme, ¿qué paternidad/maternidad no lo es?—, es imposible no sonreír al ver la alegría en los rostros del pequeño y sus mamás en las fotos que circulan por las redes sociales. La felicidad que transmiten es, sin duda, una gran noticia y por supuesto que dan ganas de exclamar: ¡Viva la familia y su diversidad!

  1. S. Al iniciar a escribir este texto hablé de una noticia buena y una mala. Pero llegado a este punto, me pregunto: ¿qué necesidad de amargarnos el viernes hablando de Enrique Alfaro y su terca obstinación? ¿Del ridículo que ha hecho tratando de justificar el despilfarro que ha cometido su administración con el fondo que originalmente tenía por objetivo combatir la covid-19? De cualquier manera, como buena mala noticia que es ya ha volado lo suficiente.

Mejor quedémonos nomás con la buena noticia.

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La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

1 COMENTARIO

  1. El llamado lenguaje inclusivo resta seriedad a reportajes de opinión tan interesantes como este: la gente habla más de la forma en que se expresa el columnista que en el contenido de la nota. No suma nada, distrae e incluso resta, porque pasa lo mismo en el debate público: en lugar de afrontarse los temas importantes de machismo, violencia, misoginia, techos de cristal, brechas de género, discriminación, etc, cuando se habla de esta manera el debate se centra en si es necesario o no un lenguaje inclusivo, donde la respuesta es completamente subjetiva e irrelevante.

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