30 años

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @TurcoViejo

Foto portada: José Hernández-Claire

Pertenezco a la generación que quedó marcada por la primera mitad de los años noventa. Sí, me queda claro que todos vamos acumulando experiencias a lo largo de la vida, pero a quienes éramos adolecentes en los inicios de aquel decenio se nos juntaron cosas que, especulo, nos dejaron huellas que en muchos casos determinaron la manera en que habríamos de vivir los años y los hechos venideros.

Los nacidos a finales de los años setenta, unos adolescentes, les decía, vimos cómo en 1994 mataron al candidato presidencial del partido en el poder. Aunque ya antes la sospecha del asesinato ondeaba sobre el accidente automovilístico en el que murió el panista Manuel Clouthier —Maquío—, la noticia del asesinato de Colosio en Tijuana se grabó en las mentes de quienes, quizá por primera vez, éramos un poco más conscientes del proceso electoral.

A principios de ese año, desde el 1 de enero y durante los días siguientes, habíamos visto en las noticias el surgimiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Recuerdo que en aquel entonces pedí por primera vez a mis padres que me compraran un ejemplar de Proceso que tenía un especial con los pormenores del alzamiento porque quería entender. 28 años después sigo queriendo entender las dimensiones y el alcance y el impacto de la lucha zapatista.

En mayo de 1993 escuchamos con sorpresa la noticia del asesinato de Juan Jesús Posadas Ocampo, que fue baleado en el estacionamiento del aeropuerto de Guadalajara. La versión oficial afirma que la gente de los hermanos Arellano Félix confundió al cardenal con El Chapo Guzmán. En la televisión vimos a Jorge Carpizo presentar una recreación de lo ocurrido el 24 de mayo usando lo último en tecnología de ese entonces—hay quien lo llama “el informe Nintendo”—; y también recuerdo haber visto en la pantalla las filas kilométricas afuera de catedral: la gente que quería ir a despedir al jerarca católico.

Pero me atrevo a afirmar que, sin duda, quienes vivimos en Guadalajara abrimos los ojos de manera violenta la mañana del 22 de abril de 1992. Ese día, por ahí de las diez de la mañana, la serie de explosiones que tuvieron lugar en el sector Reforma de la capital jalisciense habrían de reconfigurar la manera en que nos relacionaríamos con la ciudad y con las autoridades, al menos durante buena parte de esa década.

Ese día la negligencia cobró la vida de más de 200 personas (según las cifras oficiales) y lanzó por los aires el patrimonio de miles de familias. Desde por lo menos un par de días antes los vecinos de las zonas afectadas denunciaron un permanente olor a combustible emanando de las alcantarillas, reportes que no se atendieron o se minimizaron.

Ese 22 de abril también fuimos testigos de la corrupción, de cómo Pemex intentó eximirse de la responsabilidad culpando a una aceitera, aunque después habría de saberse que el combustible se debió a una fuga de gasolina en la planta 18 de Marzo. Este recuento publicado por El Colegio de Jalisco documenta e ilustra de buena manera la actuación de la paraestatal en los días previos a la mañana de la tragedia.

Como consecuencia del 22 de abril también pudimos ver la indolencia de las autoridades, quienes el 1 de junio de ese año desalojaron con violencia, y amparados por la noche, un campamento de damnificados que exigían justicia en la plaza De Armas, frente a palacio de gobierno. “Cerca de cincuenta miembros de la Dirección de Seguridad Pública del Estado llegaron con ‘garrotes y palos’, con el objeto de desalojar al grupo de manifestantes, golpeando a hombres, mujeres y niños, destruyendo tiendas de campaña y un automóvil, robando pertenencias y dinero de los damnificados”, consigna la recomendación 57/1994 de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

Todos los que vivimos en Guadalajara en 1992 tenemos nuestra versión de los hechos. Yo compartí la mía el año pasado en este espacio. Siempre he dicho que mi familia se salvó de la explosión gracias a un par de caprichosas vueltas del colector, pero también sé que ese día comencé a ver la vida de otra manera. Las explosiones del 22 de abril me sacaron de la burbuja familiar en la que vivía y me enfrentaron a una realidad a la que ya no podría permanecer ajeno. Y eso que a nosotros no nos pasó nada.

Los damnificados directos de aquella Semana de Pascua mantienen una lucha permanente que deben lidiar con, además de las heridas emocionales de haber perdido todo, secuelas físicas que todavía les recuerdan que sus autoridades fueron negligentes y omisas para prevenir, además de indolentes e ineficaces para brindarles justicia.

Se habla mucho de que el 22 de abril fue un parteaguas en el tema de la protección civil. También se dice que fue determinante para que el PRI perdiera la gubernatura del estado. Eso es importante, sí. Pero más importantes son los nombres y las historias de esas personas que lo perdieron todo y las de quienes murieron ese día.

Por todas ellas es importante que no permitamos que esta fecha se olvide.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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