Inquietudes

Todo es lo que parece

Por Igor Israel González Aguirre / @I_gonzaleza

Creo que fue a Xavier Velasco a quien hace algunos años le escuché decir que cuando las cosas se ponen difíciles, el aspirante a escritorcillo que uno lleva dentro se alborota y salta de puro contento. Esto es así porque —es más que sabido — la aflicción y la melancolía suelen ser buenos acicates para casi todo, pero en especial para la literatura (o para la más bella de las artes: la poesía). Así, «mientras yo me apesadumbro, mi paredro escribe haikus», diría cualquiera. 

Ocurre algo similar con quienes nos dedicamos a la investigación. Cuando la realidad cotidiana resulta tan abrumadora que supera a cualquier posible ficción, y el panorama nacional de lo que acontece se torna sombrío pasa que yo me angustio y me habita la desesperanza. Pero el remedo de investigador que a veces soy se relame los bigotes al tiempo que le entra la urgencia de leer/escribir a diestra y siniestra. 

Sobre todo a siniestra. 

Basta darse cuenta que nuestro país es un himno al surrealismo, y tiene una experticia deconstructiva fenomenal en todos los órdenes. Así que nunca falta material para soliviantar tanto al que se pretende escritor como al que finge investigar. Tampoco escasean las ganas. De lo que andamos cortos por acá es de minutos para hacer todo lo que se tiene que hacer. Pero la lucha se hace. 

En fin, hace algunos días afirmaba en las redes sociales —ese bendito escaparate que, como dice Sibilia, permite hacer de la intimidad un espectáculo— que nuestro país es tan fantástico que, por ejemplo, un llamado a la unidad suele profundizar y radicalizar nuestras diferencias. Otro ejemplo: un incremento del número de grupos del crimen organizado produce un discurso gubernamental en el que el país está en santa paz porque así lo dictan los «otros datos». Y como éstos hay cientos. 

Como quiera que sea, lo que intento ilustrar es que frente a un horizonte que se perfila cuando menos como sombrío, el escritorcillo y remedo de investigador que soy se inquieta y me invita a colocar por aquí una serie de inquietudes para tratar de entender lo que acontece, es decir, para domesticar la incertidumbre. Desde luego, dichas inquietudes son personales, redactadas a bocajarro y sin demasiado ton ni son porque sé que pensar el futuro suele ser un ejercicio inutil pero seductor. Se las comparto porque de una u otra manera estos temas serán explorados en futuras entregas. Así es que sobre aviso no hay engaño. Veamos:

  • Me queda clara la necesidad de profundizar el conocimiento que tenemos con respecto al grado de legitimidad/(in)eficacia simbólica del entramado institucional en el que nos desenvolvemos todos los días. Éste se encuentra atravesado por fuertes tensiones. Hay, por ejemplo, evidencia que demuestra un profundo desencanto con las instituciones del país; pero también revela un idilio con la figura que encarna al poder ejecutivo. ¿Cómo se va a expresar esta tensión rumbo al 2024? ¿Habrá tersura y continuidad o se radicalizarán las conflictividades y rupturas, sobre todo ante un clima en el que parece que la violencia se exacerba cada vez más? 
  • Por otra parte, estoy convencido de que las diferencias de opinión, el pluralismo, la crítica y la diversidad, constituyen ejes fundamentales para la construcción social de un espacio público democrático. Pero en nuestro país estos rasgos de lo cívico se enfrentan cada vez más a un muro de absolutos, sin matices, en el que prevalece la lógica del «si no estás conmigo estás contra mí»; en el que las críticas se toman ya sea como un ataque personal; o ya sea como un complot de proporciones jamesbondescas. ¿De qué manera lo anterior genera una estructura que incentiva o inhibe la participación de la ciudadanía en la conversación pública? ¿Será que la hiperpolitización de la vida social es contraproducente y genera, precisamente, apatía? 
  • No obstante —y pueden llamarme ingenuo— todavía tengo esperanzas en la posibilidad de encontrar mejores formas (deliberativas) para estar juntas y juntos. Como quiera que sea, los valores cívicos-democráticos no están libres de riesgos (como casi nada). La frontera entre la defensa firme de una postura y la ceguera ocasionada por el fundamentalismo ideológico es bastante porosa. En un contexto como este toda posibilidad deliberativa se estrella contra el dique de las superioridades morales que se adjudican la patria potestad de lo correcto. Aguas con el peligro del pensamiento único y centralista. Aguas, de verdad, con convertir a las y los adversarios a quienes hay (con)vencer mediante la razón, en enemigos a los que hay que aniquilar por completo. La violencia simbólica suele genera violencia bastante real. Ojo ahí. 
  • En las últimas dos décadas, años más, años menos, la sociedad civil (lo que sea que se entienda por este término) ha acumulado un conjunto de saberes organizativos y experticias comunicativas cruciales. Ello les ha permitido incidir, de una u otra forma, en la arquitectura de lo público (como un territorio en el que hay significados en disputa). Pienso en la movilización social, por ejemplo. Hoy, ésta es muchas cosas. Pero sobre todo dos: 1. Una instancia productora de sentidos, en donde se articulan objetivos comunes e intereses compartidos que inciden en la hechura de una subjetividad política bastante interesante; y 2. Una caja de resonancia en donde reverberan buena parte de los núcleos temáticos que interpelan a amplios sectores de la sociedad. Los feminismos contemporáneos han dado cátedra de la potencia que tienen para colocar su voz en la esfera pública. Y sin embargo, en lugar de establecer puentes, o de iniciar un diálogo mínimo, se les denosta. 
  • En este sentido, cada vez es más evidente que la sociedad civil organizada no se ve con buenos ojos entre algunas autoridades gubernamentales. Ello sobre todo porque el sector social suele hacer evidentes las garrafales fallas del Estado, sus insuficiencias y sus dislates. No me cabe duda que el desacuerdo es saludable para la producción de un entorno democrático. En cambio, el uso del poder instituido para deslegitimar y erosionar a los procesos organizativos de la sociedad civil es sumamente peligroso. En el extremo se corre el riesgo de criminalizar la crítica y la protesta, castigarla con todo el peso del Estado. Ya hemos recorrido ese camino siniestro y no debería haber vuelta atrás.  
  • Finalmente, si a todo ello le sumamos tanto el conjunto de oprobios y agravios que hemos acumulado a lo largo de nuestra historia; como las escasas/nulas vías institucionales para canalizar el desencanto, tenemos ante nosotros un cóctel explosivo altamente inestable.  Una vez más, hay que prestar atención a este aspecto rumbo a las próximas elecciones del 2024. Se requiere un monitoreo constante del clima de conflictividad en el país para entender las coordenadas en las que nos movemos —y en la que nos moveremos—.

En fin, hasta aquí. Sólo quería dejar aquí algunas inquietudes a las que seguro volveré (y de las que ya he hablado en otros espacios). Quizá, de todo lo anterior, lo que realmente me importa hoy es colocar una interrogante que creo fundamental dada nuestra circunstancia: ¿qué hay en el horizonte futuro para la construcción de lo democrático? 

Postdata trágica

El 14 de marzo pasado dediqué este espacio a efectuar una somera revisión del grado de letalidad implicado en el ejercicio del periodismo en México. Justo al terminar la redacción de la columna de hoy, me entero que, tristemente, al listado de periodistas asesinados entre 2018 y 2022 que ahí se desglosa hay que agregar dos nombres más: el de Yessenia Molinedo Falconi y el de Sheila Johana García Olivera, ambas colaboradoras del portal El Veraz, en Veracruz. Qué tristeza. Qué impotencia. ¿Acaso tendrá fin este abismo?  

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Todo es lo que parece
Igor I. González Doctor en ciencias sociales. Se especializa en en el estudio de la juventud, la cultura política y la violencia en Jalisco.

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