Traicionera

La calle del Turco

Por Édgar Velasco / @Turcoviejo

La mente es traicionera. Y tiene un arma letal: la memoria, que además es caprichosa.

Me refiero, por supuesto, a mi mente y a mi memoria, que nunca me han funcionado del todo bien, sobre todo la segunda: sólo así me explico que opere de manera impecable para recordar algunas cosas y tan defectuosa para otras.

Mis recuerdos de la infancia son borrosos, casi todos son reconstrucciones a partir de las historias que me han contado mis padres y mis parientes y que ilustro con las fotografías del álbum familiar. Son pocos los episodios que recuerdo con nitidez y casi todos son de experiencias no tan agradables. Esos sí vienen a mi mente como si estuviera viendo una película. Cada que pienso en esto, me pregunto por qué le creo tanto a mi memoria cuando me recuerda lo malo y pongo un velo de duda cuando me recuerda lo bueno. ¿De verdad las cosas pasaron así, como las “recordamos”? ¿No será que me estoy inventando ese recuerdo? ¿No será que estoy magnificando aquello que pasó? Seguramente es algo que nunca voy a entender.

Me descubrí pensando en los caprichos de la memoria mientras corría. Supongo que es una especie de continuación de lo que escribí acá hace unas semanas.

Durante mucho tiempo intenté retomar el hábito de correr y no lograba mantenerlo: luego de dos o tres días, un par de semanas como mucho, abandonaba. En mi mente, y en mi memoria, estaba el recuerdo de aquellos días en los que corría muchos kilómetros a buen ritmo y me frustraba no poder recuperar el paso. Nunca tuve tiempos admirables, pero tenía buenos ritmo y distancias. Mi memoria me recordaba las mañanas corriendo sin parar y, traicionera y caprichosa, omitía la información más importante: cómo había llegado a esos ritmo y distancias.

Mi mente, traicionera, no me dejaba hacer consciente el paso del tiempo desde aquella temporada. Pero resulta que soy diez años más viejo y tengo un sobrepeso que no tenía entonces.

Mi memoria, caprichosa, me ocultó —y me sigue ocultando todavía— cómo eran los días en los que apenas podía aguantar un kilómetro. Según ella, un día me salí a correr y ese mismo día corrí como si nada.

Aunque es obvio que todo fue gradual, mente y memoria me mostraban una sola cosa: el resultado. Los recuerdos que venían a mi cabeza, que todavía vienen a mí todas las mañanas, me hacían ver los resultados de aquella temporada, no el proceso.

Estamos acostumbrados a ver resultados. Celebramos y aplaudimos el éxito, lo que sea que esto signifique, y queremos replicarlo a toda cosa y de manera inmediata. Pero también estamos acostumbrados a obviar los procesos: no nos gusta pensar en los pasos que hay que seguir y, muy importante, en los errores que vamos a cometer. Vemos resultados y pocas veces nos detenemos a pensar que son producto de muchos errores y cambios de dirección, incluso de cambios en nuestras formas de pensar y de afrontar las situaciones.

Hace un mes mi padre recibió, y nosotros con él, el diagnóstico de cáncer de próstata. Con el valor y la firmeza que muchas veces da la ignorancia, en mi mente sólo había una cosa por hacer: la operación. Que le quiten la próstata y que sea lo más rápido posible. Topé con pared cuando escuché al urólogo decir que, dadas sus condiciones, mi padre no es candidato a la cirugía: un poco por su edad, un poco por lo agresivo del procedimiento, un poco por las posibles secuelas, un mucho porque, explicó el médico, las células cancerígenas ya no están contenidas en la próstata, por lo que la mera extirpación de la glándula no tendría como tal un carácter “curativo”. Hoy mi padre está tomando los medicamentos que le prescribieron, hay algunos estudios pendientes y lo que yo me pregunto, independientemente del resultado que está allá adelante, cuál es la mejor manera de recorrer el camino. Él es reservado en extremo, poco dado a hablar de sus sentires y de sus emociones, y todos los días busco responder, responderme, dónde debo de ponerme y cuál es la mejor manera de acompañarle en su proceso, que es el mío también, que es el nuestro.

Una vez leí en un meme que la depresión es exceso de pasado y la ansiedad es exceso de futuro. Como mencionaba en el texto aquel, una de las cosas en las que he venido trabajando es en mantenerme en el aquí y en el ahora. Sin voltear demasiado al pasado, en el que no puedo confiar mucho por mi caprichosa memoria que magnifica mis malas decisiones y pone en tela de juicio las buenas, pero tampoco viendo demasiado al futuro, cuyos escenarios pueblan mi cabeza con resultados, muchos resultados.

Estoy intentando tener la mente en este momento, en el aquí y en el ahora. Este texto es una prueba de que no siempre lo logro: ya no supe si había conexión entre una cosa y otra. Pero ya les dije que mi mente nunca ha funcionado del todo bien, la muy traicionera. En todo caso, sólo estoy intentando vivir mis procesos —de salud, afectivos, relacionales, en el trabajo, todos— de la mejor manera.

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La calle del Turco
La calle del Turco
Édgar Velasco Reprobó el curso propedéutico de Patafísica y eso lo ha llevado a trabajar como reportero, editor y colaborador freelance en diferentes medios. Actualmente es coeditor de la revista Magis. Es autor de los libros Fe de erratas (Paraíso Perdido, 2018), Ciudad y otros relatos (PP, 2014) y de la plaquette Eutanasia (PP, 2013). «La calle del Turco» se ha publicado en los diarios Público-Milenio y El Diario NTR Guadalajara.

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